La magia del papel no desaparece

Capitana Hedwig Kudo

La semana pasada constantemente tuve un elemento que no se me paró de repetir. Y por eso esta semana quiero que sea el escrito que comparto con todos vosotros. ¿Cuál es? Pues uno simple pero que transmite aún muchísimo: escribir en un folio.

Las cartas

Y aunque aún el terreno escrito sigue siendo una base importante en la comunicación, no podemos negar que está ganando el formato digital. Perdiendo algunas emociones como es la correspondencia física.

Recuerdo mi niñez cuando recibías alguna postal de algún lugar lejano. Que incluso se trabajaban muchísimo algunas cartas incluyendo olores, personalizándolas… eran verdaderamente obras de arte.

Aunque en mi caso os destacaré una experiencia diferente. Como ya os dije hace unos meses sufrí bullying y en vez de conseguir apoyo por parte de los docentes, se me señalaba como la pieza incorrecta. De ahí que la única vez que el centro educativo me valoró…

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Niñatadas

¿Niñatadas? Os estareis preguntando ¿Tan pronto? ¡Pero si Maguito ni siquiera ha empezado el colegio! Pero no, no van por ahí las cosas, aunque seguro que cuando empiece el colegio habrá mucho, mucho tiempo para escribir sobre esas cosas. Pero no, no van por ahí las cosas. Esta es una de esas reflexiones que nunca pensé que tendría que escribir y, como siempre, la vida no deja de sorprenderme. En este punto, debo confesaros que nunca me han gustado estas cosas, ni siquiera cuando me correspondía participar en ellas; supongo que eso contribuyó en parte a la soledad durante mi etapa escolar.

Pero vamos a centrarnos en el caso que nos ocupa. Todo empieza con un tipo de gente que llevo evitando casi toda mi vida y hacia los que he desarrollado una especie de sentido para no tratarlos demasiado, a falta de otro nombre mejor, los denomino garrapatas. Y es que el parecido con esos pobres parásitos no deja de ser sorprendente. El caso es que siempre he procurado evitarlos, como os digo, hasta que no quedó más remedio que tratar con una pareja de garrapatas por afinidad y educación, sobretodo mucha educación. Y la cosa iba bien, aunque los parásitos no pueden evitar ser como son, y este tipo de gente parece no poder evitar hacerte alguna que otra faena a la que tienes que quitar importancia por el bien de todos.

Hasta que llega el día. El día en el resulta que los ofendidos son ellos, por algo que la mayoría de mortales pasaría por alto por ser tanto una chorrada como por haber ocurrido en una situación excepcional. Pero no, la gente garrapata se ofende, y se ofende incluso aunque les pidas perdón, y se ofenden porque los únicos problemas que importan (por muy estúpidos que sean) son los suyos.

Y es cuando empiezan de verdad las niñatadas. Porque como manda la lógica, son los ofendidos los que tratan de evitar a toda costa a los ofensores, escondiéndose en su cueva, dejando el camping y, por supuesto, abandonando instantáneamente cualquier zona o lugar donde podamos coincidir. Si acabara aquí la cosa, tendría hasta su gracia, pero, lamentablemente, no.

La gente garrapata, a los primeros que tiene “garrapatizados” es a sus más allegados, y si ellos están ofendidos, su progenie tiene total y absolutamente prohibido acercarse, hablar e incluso mirar a los ofensores. Que sí, de verdad, que la “garrapatización” llega al extremo de que la progenie se desvela sin la bendición garrapata nocturna (verídico) y la bronca por ser educados con los ofensores (también verídico).

¿Pensabais que la cosa había acabado? Pues no. Porque, ¿cómo van a permitir los garrapatas que los amigos gracias a los que los conocimos nos iban a seguir tratando? Pues hacen uso de su despreciable poder auto concedido y se acabó una bonita amistad de años. Así, por las bravas. Por la mayor de las estupideces. A ver, que sí, que todos somos adultos y podemos hacer con nuestras vidas lo que nos dé la realísima gana. Siempre que no haya menores, muy menores implicados.

Puedo perdonar muchas cosas, y pasar por alto otras tantas, especialmente las que me conciernen a mí sola. Que Maguito se pasara todo un mes ensayando el cumpleaños feliz por propia voluntad y tener que decirle que no puede ir al cumpleaños de la que consideraba su mejor amiga de todo el universo hasta ese momento porque no le han invitado (aunque en su cumple le dijeran que sí) y que ya no puede acercarse por su zona del camping porque “ya no nos quieren”, NO. De ninguna de las maneras. Por suerte Maguito es pequeño y tiene tiempo más que de sobra para tener una mejor amiga (que ya tiene, por cierto), un mejor amigo y toda clase de amigos que pasen por su vida.

Así que, por favor, sed lo que os dé la gana ser y comportaos como los bichos más despreciables de toda la naturaleza si os apetece, pero no mezcléis a vuestros hijos. No se lo merecen.

No se merecen tener que dejar la playa (por pequeña que sea) porque nosotros nos pongamos en el otro extremo.

La vida es corta para tanta tontería y la felicidad de Maguito es lo más importante como para aguantar tonterías después de los treinta; que ya estamos viejos para estas gil… cosas.

Adiós pañales

Cada peque es diferente, y cada “operación pañal” distinta, pero queremos contar cómo ha sido la de Maguito por si os sirviera de utilidad.

Lo primero que tenéis que saber, es que a veces nos pasamos de previsores, o no nos perdemos las oportunidades que se nos presentan, por así decirlo; una vez dicho esto, no es resultara raro que cuente que el orinal, adaptador, peldaño lo compramos en Toy’r’us cuando Maguito apenas tenía un año porque vimos una súper oferta de un tres en uno. Como es algo que ni caduca, ni se estropea ni nada por el estilo, nos aseguramos de que estaba en perfectas condiciones y lo guardamos en espera del momento.

A partir de sus 18 meses hubo gente de nuestro entorno que nos apremió para que sentáramos a Maguito en el orinal, pero no nos convencieron. No estaba listo. No era su momento.

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A los dos años, el agobio se hizo un poco mayor por eso de si iba a llegar a tiempo a que dejara de usar los pañales para ir al colegio, sobretodo porque Maguito es nacido en septiembre, pero no, no era el momento, aunque sí montamos el orinal y lo dejamos en su rincón del baño, para que se fuera acostumbrando a verlo y, ¿por qué no? por si se animaba a usarlo. No salió del todo bien: el cacillo del orinal acabó desaparecido (espero que sea feliz en el plano en el que haya ido a parar) y la parte acolchada del asiento mordida. Sí, mordida. Volvimos a guardarlo.

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Entre su segundo cumpleaños y Semana Santa sí logramos que se sentara alguna vez suelta. Pero no en el orinal. En el inodoro y con el adaptador. Eso de sentarse a la altura del suelo es solo para Drake y su arena. Fino que ha salido… (Aunque no sé a quién, la verdad) Para que no se le hiciera tan raro el cambio, le fuimos cambiando a los pañales del tipo ropa interior, tremendamente cómodos, excepto para tirarlos a la basura, que nunca fuimos capaces de enrollarlos bien. Espabilados que somos…

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Llegó Semana Santa, el abril pasado, y ya nos pusimos firmes: era hora de empezar a despedirse del pañal y había que aprovechar que íbamos a pasar esos días en la caravana, disfrutando del campo y la playa. El primer día no estuvo mal, un pis en el baño y lo demás en escape. El segundo día empezó también muy bien, con el primer pis en el baño y… hubo que anular el abandono del pañal porque Maguito se puso malo. De hecho, recogimos todo y nos fuimos a casa para que se recuperara tranquilamente. Un poco de Apiretal, dos días de sueño largo y profundo, y como nuevo otra vez.

Una vez curado, volvimos a empezar, excepto que esta vez tuvo que ser en casa. Y, sorprendentemente, todo fue más rápido y mejor de lo que nos esperábamos. Sólo hubo un par de días en los que tuvimos que usar la fregona. También tuvimos cambio de ropa interior una media de tres veces al día, pero una vez que se acostumbró a pedir pipí (6 días a lo sumo) ya no hubo más escapes. Excepto por la caca. Nos avisaba una vez soltado el pastel, luego cuando lo estaba soltando y poco a poco ya lo fue pidiendo todo.

Le dejamos un poco más de tiempo los pañales por la noche, por aquello del por si acaso, aunque desde el año rara era la mañana que se levantaba con el pañal con pis, y para qué engañarnos, porque sin pañales parece que dejara de ser nuestro bebé para convertirse en nuestro niñito, y creo que eso nos ha costado más a nosotros que a él.

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Dimos por concluida la etapa pañal aunque aún hay algún escape de caca puntual, sobretodo estando con Papi Manitas, y alguna esporádica manchita de pis por intentar aguantarlo. Y también adiós al adaptador, porque eso es de “eñines” y Maguito es “ande” (pequeñines y grande), aunque personalmente creo que es porque le estorba para sentarse como le gusta, limpiarse a gusto y tirar el papel. Y quitarse los calzoncillos, que por alguna razón que no alcanzamos a comprender, así es muchísimo más cómodo.

Ah, también le propusimos alguna recompensa que le gustara, por animarle más, y eligió los tiburones. Así que una semana después de dar por terminada la operación pañal, fuimos al acuario a que los viera, pero eso os lo contamos otro día…

Puzle Gigante Diente de león y amigos

Hará unas semanas me pasó algo realmente extraordinario: me mandaron un correo de una juguetería online interesándose por una colaboración entre ellos y mi blog. Me quedé pasmada, porque mi blog no es gran cosa ni tengo una gran número de seguidores, pero lo primero era lo primero: investigué un poco la juguetería y me encantó su inclinación hacia los juguetes educativos. Acepté y tras un corto intercambio de correos, me mandaron el puzle gigante de Djeco. Bueno, digo me mandaron, pero ya veréis que yo pinto realmente poco en todo esto, así que vamos allá. Por cierto la juguetería se llama Cerebrito Peréz y os la recomiendo encarecidamente. Por lo menos echarle un ojito, que son un amor de gente.

Puzle Gigante Diente de León y amigos:

En realidad son 6 puzzles, dos de 9 piezas, dos de 12 piezas y dos de 15 piezas. Todos con forma de encantadores animales de granja: conejo, gallina, oveja, cerdo, burro y vaca. Como podéis comprobar, son una preciosidad, con piezas grandes y perfectamente adaptadas a las manos de los pequeños entre 2 y 5 años, aunque en la caja pone a partir de 3. Son de un material resistente y no tóxico, algo propio de la marca. También incluye las figuritas de los animales a un tamaño menor que el del puzzle montado con las que nuestros maguitos pueden jugar o seguir de patrón.

Hasta aquí mi reseña, porque ahora viene la buena, la de Maguito:

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Cuando llamó el mensajero y le dije que traían algo para él, directamente salió disparado a abrir la puerta. Soltó un “hola” seguido de “dame, dame, mío, mío, mío”. El hombre se rió un montón porque Maguito le iba a explicando que era algo para él y que era suyo mientras yo ponía cara de circunstancias y firmaba los papeles (y abonaba la @*$£ aduana, eso lo cuento otro día). Casi no me dio tiempo a cerrar la puerta cuando Maguito ya había salido disparado, paquete en mano, hacia el salón a grito de: “abe, abe, mío, mío”. La batalla para que me dejara el paquete para abrirlo fue épica y no estuvo exenta de pucheros, pero lo conseguí. Y empezamos otra batalla para que me dejara abrir la caja del puzle en sí, aunque esta fue más leve porque Maguito ayudó. Os aviso que las piezas vienen sueltas, así que mejor abrid la caja en el suelo, la alfombra o en una superficie parecida.

 

Con las piezas por el suelo, Maguito se puso tremendamente feliz y soltó su “¡hala!” de sorpresa. Y sus siempre inquietas manitas enseguida fueron buscando piezas para encajar. Ya os imaginaréis que con menos de tres años, el que no coincidieran los dibujos le dio exactamente igual. Por suerte los colores de los diferentes animales ayudan mucho y enseguida los separamos… Bueno, los separó, porque quiere hacerlo todo él solito, sin ayuda de nadie y fue cuando descubrió las figuritas patrón. Conseguí convencerle de dejarlas a un lado y de que siguiera montando los animalitos. Y le encantó, aunque eso de desmontarlos le gustó mucho más. Así comprobamos que las piezas vuelan bien, que son resistentes y que no hacen daño.

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Los días posteriores Maguito siguió investigando el puzle y puso a prueba “las pegatinas”. Vamos, que agarró la pieza más grande que puso encontrar y no paró hasta que consiguió arrancar un buen trozo de la imagen. Por suerte, como en muchos hogares con peques, el pegamento en barra, el pegamento extrafuerte, el celo y la silicona caliente no faltan por aquí. Ojo. No es que sean fáciles de despegar, es que no resisten una mente resulta y unos deditos inquietos.

Como ya sabréis, gran parte de la magia de cualquier peque reside en que use los juguetes no como y para lo que fueron diseñados, y Maguito no iba a ser menos. Se hizo con todas las figuras patrón y se montó su propia granja, al principio. Luego acabaron adueñándose de la casa de Barbie y la última vez que se las vio, iban pilotando sendos coches y camiones en plena competición de choques. Y las piezas no iban a ser menos, Maguito no deja nada de lado y, no me preguntéis cómo, pero fue minuciosamente encajándolas hasta con seguir un “tren” de longitud adecuada. No hay foto de todo, porque Maguito no quiere.

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Da igual con lo que esté jugando y cuanto tarde, que es imposible recoger el puzle sin primero montar todos y cada uno de los animalitos, poniendo cada figura patrón correspondiente encima, y luego lanzarlo todo a la caja.

La verdad es que como juguete es genial. No solo es de gran ayuda para el desarrollo de la psicomotricidad, si no que es un repaso estupendo para nombrar a diferentes animales y aprender algo más de ellos: qué sonidos hacen, dónde suelen vivir, qué comen, cómo actúan… vamos, todo un mundo nuevo por descubrir.

Por mi parte lo recomiendo y Maguito lo hace muy encarecidamente, y si no me creéis,  podéis venir a vernos y os enseñará encantado su vaca, y acabareis montando y desmontando animalitos antes de daros cuenta de lo que estáis haciendo.

Luces y Sombras (II)

Sí, ya lo sé, el blog ha estado parado un tiempo (un montón de tiempo) pero las sombras que parecían tan oscuras como pasajeras, se alargaron más de lo que esperábamos, llegando a enlazarse unas con otras para formar una tenebrosa temporada. En fin, a lo que íbamos.

El sábado 23 de abril nos levantamos agotados, pero muy ilusionados por ir al evento de Madresfera. Dejamos el coche donde nos recomendó Euti y nos dirigimos en metro hasta Rafael Hoteles Atocha. En uno de los cambios de línea nos equivocamos y nos fuimos en sentido contrario una parada, que es lo que tardamos en darnos cuenta, por aquello de conservar las tradiciones. Llegamos sin más problemas y no tardamos en encontrarnos con la recepción y el montón de regalos que la organización nos tenían preparados. Nos reímos un poco porque la identificación de Papi Manitas estaba preparada, pero la mía no, nada que no pudiera arreglarse con un rotulador. No nos dio mucho tiempo a saludar a nadie, porque llegamos casi con el tiempo justo de que empezara la primera ponencia.

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La primera ponencia era “Cómo conquistar el mundo con anuncios de Facebook”, a cargo de Patricia Tablado y su guapo acompañante, que fue tan majo de quedarse el resto del día. Patricia nos enseñó un montón de cosas tremendamente interesantes para potenciar los blogs como negocio o como marca personal. Si algún día queréis hacerlo o queréis mejorar vuestra presencia en las redes, os recomiendo encarecidamente que contéis con su consejo profesional.

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La segunda ponencia fue “¡Hacienda, que soy Blogger!” a cargo de Ana Belén Gonzalez. Por si teníais alguna duda al respecto, sí, hay que pagar a Hacienda por cualquier ingreso que se perciba a cuenta de nuestro ejercicio bloguero. Y es mucho más fácil, cómodo y sencillo acudir a una consultoría.

Entre media de las ponencias, la gente del equipo de Bam! estuvo animando el evento como sólo ellos saben hacerlo, sacándonos unas buenas carcajadas y animándonos a jugar siempre.

La tercera ponencia fue “10 cosas que he aprendido después de 13 años como blogger” a cargo de Lucía Sánchez Baballa. Fue tremendamente interesante escuchar a alguien que lleva tanto tiempo en este mundillo.

Durante la parada para el café saludamos a los pocos conocidos y yo me lancé en plan machete a por la gente que tenía ganas de desvirtualizar y con la que me moría por hacerme fotos. Lamento si en algún momento fui algo brusca o desconsiderada, pero la mezcla de nervios, entusiasmo y timidez (sí, algo me queda) me juegan malas pasadas a veces.

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La cuarta ponencia fue “Ética en redes” con Clara Castro. Un tema muy importante, especialmente en estos días. Lo que quedó especialmente claro es que cada uno tenemos nuestra ética, y que hemos de respetar la de los demás, teniendo siempre claros los límites que marca la legalidad.

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La quinta y última ponencia fue “De pasatiempo a negocio: cómo crear un blog impactante y rentable” a cargo de Carolina King. fue la ponencia que más nos llamó la atención, no por las cifras (que eran realmente impactantes) sino por el cariño y la sinceridad con la que hablaba la ponente de hacer lo que nos gusta de la manera en que nos gusta y ver cómo crece.

Aprovechamos la parada de la comida para participar en algunos de los maravillosos concursos organizados y para seguir desvirtualizando gente. Comimos poco, hablamos mucho y nos reímos más. Otra vez mis disculpas si me lancé a lo loco a saludaros.

Después de la comida se organizó la II Feria del libro Madresférico y aprovechamos para hacernos con “Cría como puedas” de Carlos Escudero y Cristina Quiles, que le debemos millones de gracias por su amabilidad.

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Después estuvo la charla “Metablogging III: resuelve tus dudas de blogging” Muy interesante también y muy instructivo. Y luego llegó la entrega de premios, muy emotiva y llena de sorpresas.

Nos despedimos de los que pudimos, dejamos los caldos Aneto y los paraguas (por las restricciones de los aviones snif) y pusimos rumbo a nuestro alojamiento. Esta vez sin equivocarnos de parada y sin más que el agotamiento se nos hechara encima. De hecho, dejamos todo en la habitación, bajamos a la cafetería, nos tomamos algo rápido y fuimos a morirnos a la cama.

Y llegó el domingo. Solitos, lejos de Maguito… Sé lo que estáis pensando y ya os digo que no. Aunque nos despertamos tarde (las 9 de la mañana, hala), los nervios, tanto tiempo de pie, tanto tiempo sentada y todas la emociones me pasaron factura y podéis creerme cuando os digo que estaba más tiesa que un palo. Me costó tanto levantarme que no bajamos a desayunar hasta las 11:30. Y eso que Papi Manitas me estuvo ayudando dándome masajitos y todo. Nos quedamos con ganas de pasarnos por Ludiversia, pero tal como me encontraba, era imposible, así que decidimos dar un paseito por Toledo, en plan tranquilo. Tampoco dio para mucho, la verdad, porque aunque aparcamos en el parking más cercano del Alcazar, nos costó cerca de hora y media llegar hasta la plaza Zocodover. Si no conocéis Toledo, os diré que es un trayecto de diez minutos, y encima cuesta abajo. Callejeamos un poco y comimos cerca de la catedral. Luego nos tomamos un heladito y nos volvimos, que al día siguiente teníamos que madrugar mucho.

El lunes nos levantamos a las 3:30 de la mañana, porque cogíamos el avión a las 6, y había que dejar el coche y rellenar el depósito. Todo perfecto y sin complicaciones, exceptuando el tener que enseñar en el control los botes de Cola Cao Noir y que nos pasaran las turundas para ver si eran drogas. Creo que nunca me había dormido en un avión antes, pero no podía con el cansancio. Llegamos con un pelín de retraso a Gran Canaria, nada grave y, curiosamente, mi cuñada ya estaba esperándonos, y eso que tenía que dejar a su hijo en el colegio. Estuvimos hablando con ella, sobretodo para saber cómo estaba Maguito y como había pasado esos días sin nosotros, y nos contó que no habían salido de la casa. Fuimos a casa de mi suegra y Maguito estaba… iba a decir hiperactivo, pero la palabra correcta es desesperado. Papi Manitas estaba molesto y decía que le dolía la espalda, por el avión supusimos así que le dije que se tumbara mientras llevaba a Maguito al parque un rato. Pero Maguito estaba tan fuera de sí que no lo permitió y bajamos los dos con él.

Fuimos a comer fuera, por deseo de mi suegra y Maguito la armó, lo normal después de estar tanto tiempo encerrado y después nos fuimos a casa, a descansar. Bueno, a intentarlo al menos. Papi Manitas estuvo quejándose de la espalda toda la tarde, no podía dormir, ni sentarse, ni estar de pie, ni nada, y al fin por la noche se fue como pudo a urgencias: cólico nefrítico. Llegó a casa sobre las 3 de la mañana. Ninguno de los dos dormimos mucho, claro, excepto que él se tuvo que levantar a las 6 para ir a trabajar. Con dolores. Y sin haber descansado. Fue una semana mala para él y bastante preocupante para mí. Pagamos el precio por irnos de finde como si fuéramos veinteañeros y no cuidarnos un poco.

Como suele decirse, lo malo se junta y cuando Papi Manitas ya se estaba recuperando, yo me quedé sin unas de las pastillas que tengo que tomarme por mi lesión, las que dejas de tomarlas y causan pesadillas, y hacen que los sueños parezcan la realidad y la realidad, sueño. Sólo fueron unos días, pero los suficientes para poner a prueba nuestra paciencia conjunta. Cuando fui a ver al médico para las pastillas, me quitó unas, me puso otras, y me pegué una semana durmiéndome por los rincones. De tal manera que un día llegó Papi Manitas de trabajar y yo estaba frita. Menos mal que no debió de ser mucho y Maguito es sorprendentemente responsable para su edad. Y ya está, se acabó.

Pues no. Cuando ya empezaba a habituarme a la nueva medicación, me levanté un día con el ojo izquierdo totalmente rojo y los párpados hinchados. Inocente de mí pensé que podría ser algo pasajero, aunque me eché colirio y trate de cuidarme. Dos días después tuve que ir a urgencias, porque directamente no podía abrirlo. Una risa cuando el oftalmólogo me soltó eso de: ¿y donde ha cogido esto? Y yo: pues en mi casa… Total, que lo que tenía era una conjuntivitis vírica muy agresiva y altamente contagiosa. A dos días de una cena de jubilación a la que no podíamos faltar. Para ir me puse un parche y le dije a todo el mundo que Maguito (pobrete mío) me había tirado un juguete y había hecho puntería, algo con lo que casi todos empatizaron por ser padres. Ese fin de semana tenía que haber sido para Papi Manitas y para mí, para estar juntitos, solos, para que me soltara con mi coche tras tanto tiempo sin conducir… y en cambio estuve en casa echándome las gotas y durmiendo a ver si podía abrir el ojo de una vez.

¡Y lo conseguí! Pero no antes de que se me contagiara el otro ojo y me cogiera tal gripazo que las amígdalas me alcanzaron el tamaño de pelotas de tenis. Así que una delicia este último mes, como veis. Pero de todo se sale y todo pasa, así que volvemos a la carga una vez más. Espero no haberos aburrido demasiado.

Hace diez años…

Creo que a estas alturas todos conocemos ya el reto de una foto actual y otra de hace diez años, pero ¿sabríais decir lo que estabais haciendo, donde y cómo exactamente? Es difícil acordarse de algo así y sin embargo, para mí no lo es. Por muy manida que suene la frase, me acuerdo sin esfuerzo alguno, porque fue el momento en el que me cambió la vida. Y de una forma que ni yo misma sospechaba cuando ocurrió.

Trasladémonos a hace diez años. Era un martes despejado, un día primaveral precioso. Eran sobre las cuatro de la tarde, hora peninsular, me encontraba en la Academia de Infantería de Toledo, de maniobras, intentando llegar a soldado (pues sí, durante una época vestí uniforme). Era una semana dura, mucho ejercicio, pocas horas de sueño, los baños eran individuales gracias a las palas… ya os podéis hacer a la idea. Fue divertido y la gente con la que estaba… simplemente era genial. Pero esa tarde teníamos que pasar la pista de obstáculos, no la pista americana, sino otra diferente, más corta, pero más complicada, con foso de agua y todo.

Para cruzar el foso estaba la cuerda, el listón, el listón inclinado y el puente roto. Por la fila en la que estaba, me tocaba el puente roto. Una subidita, un salto y una bajada. Si no me frenaba para saltar, todo iría estupendamente. Pero antes había que pasar otro obstáculo, el primero, una especie de escalera de tubos de hormigón con una gran separación entre ellos y luego nada, saltar a la arena. Eran cuatro escalones. Cuatro zancadas, sentarse a horcajadas en el último tubo y saltar al suelo. Perdonad, si me trabo o no me explico correctamente, pero estos recuerdos me dan escalofríos aún ahora.

Di la primera zancada, rápida, segura. Di la segunda, segura. Di la tercera, ya no quedaba nada. Di la cuarta, aquello estaba chupado. Me puse a horcajadas. Negro. Nada.

Cuando me desperté estaba en el suelo, sin casco, con la chaqueta desabrochada y mi superior sobre mí. No sabía qué había pasado. No sabía qué hacía allí. No entendía nada. Intenté levantarme, pero estaba demasiado mareada. Un compañero se tumbó en el suelo para que pudiera levantar las piernas. No recuerdo cuanto estuve así.

Finalmente pude ponerme en pie y, con ayuda de otros dos compañeros, salí de la pista y me senté a un lado, apoyada en el armamento, porque mi cuerpo no podía mantenerme. Nunca antes me había sentido tan desvalida y con tantas ganas de que no fuera nada.

Al cabo de un rato, que me pareció eterno, la auxiliar me llevó al botiquín. Bueno, más bien me arrastré detrás de ella, cargando con todo mi equipo que no se digno a coger hasta llegar a la misma puerta. Allí se hicieron cargo de todo y de inmediato me llevaron al hospital. El muchacho que me trasladó no sólo fue extremadamente amable, sino que me dio unos cuantos buenos consejos.

Ya en el hospital, después de esperar apenas nada, tiempo más que suficiente para asustar a los pocos peques que estaban en urgencias (imaginaos mi facha: uniforme, cara pintada, embarrada hasta más allá de lo imaginable…) , me llevaron a la sala de rayos, donde las enfermeras tuvieron que ayudarme a desvestirme y a vestirme, y después me tumbaron en una cama con suero y calmantes.

Sólo cuando pasé a ver al médico empecé a preocuparme de verdad. Miraba la pantalla. Se pasaba la mano por el mentón. Miraba la pantalla. Me miraba a mí. Miraba la pantalla. Se pasaba la mano por la frente. Al fin me dijo: te has roto tres apofisis transversas, la L2, L3 y L4. E inocente de mí, pensé que no podía ser para tanto. Como no dije nada y el médico debió ver mi cara de “¿y…?”, me explicó que me había roto las aletillas de las vértebras lumbares, por así decirlo, que menuda caída para romperme eso y que necesitaba reposo y una faja ortopédica.

Debí abrir tanto los ojos, que me quedé sin cara.

No recuerdo mucho, por la estupefacción más que nada. El mismo chico que me había traído al hospital me llevó de nuevo a la Academia. Era muy tarde y ni me acuerdo de lo que le dije a la chica que estaba de guardia en la nave para que me dejara pasar y dormir en una de las camas de mis compañeras. La mía era una litera superior, y a ver cómo carajo iba a subir…

Bajar a desayunar a la mañana siguiente me costó una barbaridad. Y formar ya ni lo cuento. Todos los que estábamos chungos teníamos que ir juntitos a botiquín y los que mejor estaban me ayudaron a llegar mientras los demás se adecuaban a mi paso de tortuga reumática. En cuanto llegamos, un compañero entró a pedir que me dejaran sentarme por como estaba. Sacaron una silla de ruedas y me quedé allí ingresada.

Dos días más tarde mis superiores me trajeron mis cosas, que había recogido la compañera con la que compartía tienda, me preguntaron cómo estaba y llamaron a mi familia para que vinieran a buscarme. Sólo diré que cuando le conté a mi padre lo que me pasaba me dijo con un tono nada cariñoso: ¿y ahora te vas a quedar en silla de ruedas?

Ya os podéis imaginar que el viaje hasta Salamanca no fue nada agradable. Me llevaron al hospital y me confirmaron el diagnóstico que ya tenía. Pastillas. Faja. Descanso. Y revisiones.

Nunca he tenido problemas con los profesionales de la salud, no es que sea aficionada a visitarlos, pero siempre he hecho caso de sus indicaciones. Mi padre no. Mi padre prefirió preguntarle a un amigo quién era el mejor y me obligó a pasar consulta con él. No soy quién para juzgar al médico que me atendió, pero solo pasaba la tarjeta, firmaba la baja y ya. Ni una sola vez me tocó, ni miró las radiografías que tenía ni me pidió otras.

Ah, sí. Cuando hablé con los compañeros que habían visto la caída me dijeron que fue espectacular y que tuve suerte de no darme con los tubos al caer entre ellos. Para entonces ya conseguía andar más de cuatro pasos seguidos, aunque las viejillas con bastón me adelantaban con mucho; y a alguien se le ocurrió decirles a mis padres que la fisioterapia me iría bien… lástima que escogieran al amigo de la familia más interesado en acostarse conmigo que en ayudarme.

Y quién sabe si fueron la falta de cuidados iniciales, tener que sacar a mi madre del hospital (se operó los juanetes) llevando sólo quince días de descanso, mi permanencia posterior en el ejército, algún descuido… pero el caso es que quedé con una discopatia (L5-S1), una espondilosis lumbar y los nervios de la pierna derecha dañados para siempre.

¿Y qué estabais haciendo vosotros hace diez años a estas horas?

Luces y Sombras (I)

El pasado fin de semana del 22, 23 y 24 de marzo nos fuimos a Madrid para una consulta y un evento. Lo primero que debo confesar es que nunca pensé que las fechas se combinarían tan bien y pudiéramos ir a todo, pero a veces la vida nos sorprende de buena manera y esta vez fue una de ellas; la segunda, que somos muy dados a eso de “pues ya que”, así que no os asustéis demasiado.

Una vez confirmadas las fechas, había que comprar las entradas al evento, buscar alojamiento y encontrar vuelo. Lo primero fue fácil, nos hicimos con ellas en cuanto se pusieron a la venta. El vuelo costó un par de días en los que Papi Manitas consultó una web tras otra y al final encontró un vuelo súper barato con Ryanair. Estaba condicionado a salir el jueves por la tarde, volver el lunes a primera hora, sentarnos separados y no llevar maleta, pero somos viajeros experimentados y con una mochila para cada uno teníamos más que de sobra. El alojamiento lo encontró Papi Manitas la semana antes del viaje por ciertos problemas de disponibilidad, también muy económico, solo que en Toledo. Así que buscamos un coche para trasladarnos sin problemas y encontramos uno muy barato con Firefly. Unos 80€ todo, un chollo vamos.

¿Y Maguito, os estaréis preguntando? Pues decidimos dejarlo con la abuela, porque era un viaje con pocos descansos y muchas prisas, y él aún es pequeño para tanto estrés. Y con todo arreglado y preparado, el jueves 21 fuimos pronto a comer a casa de mi suegra, nos despedimos de Maguito (con sentimiento de culpa) y mi cuñada nos acercó al aeropuerto. Cogimos el vuelo sin problema y llegamos a Madrid a las 8 de la tarde por el dichoso cambio de hora. Recogimos el coche sin problemas, nos dieron uno nuevecito, recién salido del concesionario y mantuvimos el precio barato porque pasamos de pagar más por el seguro, que sabemos cuidar los coches. Nos fuimos a Toledo, arreglamos la parte burocrática del alojamiento, dejamos las cosas, cenamos allí mismo, en la cafetería, y a dormir, que estábamos algo cansaditos y nos esperaban dos días bien largos por delante.

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El viernes 22 nos levantamos pronto, en verdad nos despertamos sin ayuda de nada, quizá por los nervios, quizá por previsión. Desayunamos tranquilamente y nos fuimos a Madrid con calma. Consultamos en internet dónde dejar el coche en Madrid, para poder movernos más cómodamente en metro y así lo hicimos. Como llegamos antes de tiempo, aprovechamos la cercanía (cercanía de verdad, no cercanía tipo Madrid) y visitamos el Templo de Debod. No llegamos a entrar, porque a pesar de ser primera hora de la mañana, ya había una cola impresionante. Dimos un paseo por el parque y nos dirigimos a la consulta que habíamos esperado durante tanto tiempo y con la que estábamos tan esperanzados. No fue como hubiéramos querido, pero tampoco fue del todo mala. Nos quedamos igual, pero nunca se pierden las esperanzas con las lesiones.

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Después de eso, dimos unas cuantas vueltas sin rumbo, algo desanimados, y llegamos a un parque por la Gran Vía. Paseamos por allí admirando los edificios clásicos y como no, llegamos a la calle Preciados y no podíamos dejar de entrar en el Fnac. Allí encontramos el juego de Exploding Kittens (os lo recomiendo, porque es una risa) y el cuento de El Monstruo de Colores para Maguito (no podíamos olvidarnos de él, por supuesto).

Llegamos a la Puerta del Sol, sobretodo porque Papi Manitas no la había visitado nunca, porque siempre ha estado en Madrid de paso. Dimos un par de vueltas más y acabamos comiendo en un Burguer King. Sí, echarnos la bronca, pero estábamos cansados, teníamos hambre y era lo primero que vimos. Después de eso fuimos a la Biblioteca Nacional a visitar una exposición de Viera y Clavijo que Papi Manitas le tenía muchas ganas (la tierra tira, después de todo) y nos encontramos otra dedicada a Leonardo DaVinci que nos encantó. Y como nos quedaba un poco de tiempo, nos pasamos por Akira Comics (wiiii) donde una muchacha súper maja y tremendamente encantadora nos recomendó el libro Paco y el Rock para Maguito (millones de gracias) y nos llevamos el juego No sin mi gato (aún por estrenar).

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Y salimos corriendo a llegar al sitio donde habíamos quedado para cenar con ilustres blogueras y bloguero, aunque llegamos un poquito tarde. Solo conocíamos a la gran Refuerzo Divertido, pero se arreglo enseguida y nos lo pasamos de miedo con: La Maternidad de Krika en Suiza, Mi Pitufina y Yo, Surcando los Dados, Las Aventuras de Bebé Pingüino y su MamáUna Mamá sin Colon pero con Crohn y Euti. Son todos tremendamente encantadores y nos dio pena despedirnos tan pronto de ellos, pero había que dormir para el día siguiente. No lo hicimos mucho, la verdad, porque llegamos al alojamiento sobre las 2 de la mañana y nos teníamos que levantar a las 7.

CONTINUAREMOS…

Papi Manitas y la cama de Maguito

Hola, soy Papi Manitas y aunque esto no es lo mío, me animo y lo comparto con Mami Cocinitas. Soy menos de letras y más de arreglar lo que se rompe y hacer chapuzas de nivel 1 o menos, aunque Mami Cocinitas piensa que son fantásticas y estupendas yo creo que no es para tanto, pero eso me motiva para hacer más cosas. Que buena es Mami Cocinitas.

Cada día Mami Cocinitas y Maguito me sorprenden con muchas cosas. Algo nuevo y rico de comida, nunca repito plato gracias a Mami Cocinitas, que es una estupenda cocinera y me hace muchas cosas ricas y sanas. Tiene un gran problema conmigo, porque no soy de verduras y ella es capaz de ponérmelas sin que, casi nunca, me dé cuenta. Y Maguito cada día me sorprende con lo rápido que aprende y se espabila. Cada vez que hago alguna chapuza nueva, por ejemplo, él quiere ayudar, pero aún es muy pequeño y aunque le dejo coger algunas herramientas, quiere las más grandes y ruidosas, o sea las más peligrosas, y ya utiliza el destornillador y el martillo casi mejor que yo.

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Bueno, empiezo a contar lo que vine a poner: después de casi dos años con una única idea, empecé a continuar el proyecto de la habitación de Maguito. Como lo que quería era un cuarto con los mínimos estorbos por el suelo, puse un mueble en alto pegado al techo a lo largo de la habitación y después en la pared adyacente, un ropero de puertas correderas y al lado de esta, una cama abatible en vertical, pero claro no quería comprar una, sino fabricarla.

Después de encontrar todas las piezas y maderas para hacer la cama abatible, empecé a construirla. Lo primero fue ver varios proyectos de cómo hacerla por internet, pero no me convencían del todo y empecé a hacerla a mi gusto. Primero hice la estructura donde se introduce la cama y después la cama en si. Cuando termine de hacer la estructura y la cama, me di cuenta de mi primer error: tenía que hacer la estructura más larga para que el conjunto pudiera abrirse y cerrarse; así que hubo que desmontarlo y después le hice unas prolongaciones con la misma madera y listo, ya la estructura de cajón estaba perfecta. El siguiente error fue el ancho de la estructura que junto con la cama no me dejaba poner las piezas donde van los hidráulicos, lo que hace que la cama gire para recogerse; otra odisea, porque no podía ensanchar más la cama por el ropero, así que después de darle muchas vueltas, lo que hice fue colocar la estructura por fuera rebajando la madera para que entrara. Al final quedó muy bien, hasta a mí me sorprendió pues no se ven las piezas de metal, sólo los hidráulicos y el resto quedó tapado por la misma madera.

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Una vez montado todo y comprobado que cerraba y se abatía, lo siguiente fue hacer las patas de la cama. Yo quería hacer unas patas que girarían como una estantería, pero eso fue otra odisea, pues no tuve en cuenta esto en la estructura de la cama y tocaba de nuevo pensar cómo hacerlo. Se me ocurrió rebajar la madera de la cama y la de las patas para que ambas encajaran y poner unos rodamientos para que giraran, todo fue bien o eso pareció, pero al rebajar la madera ésta quedó más débil y después de varias pruebas, que salieron bien, terminó rompiéndose. Y ya cansado y agotado, decidí dejar las patas fijas, que aunque no fuera mi idea inicial, funcionó. Luego tocó poner la tapa que actúa de puerta para que no se vea la estructura de la cama y con eso me tuvo que ayudar Mami Cocinitas, porque no podía poner la puerta y cogerla con tornillos por dentro. Después de ponerla en su sitio, ni Mami Cocinitas, ni yo, que estaba dentro de la cama, nos dimos cuenta de otro fatídico error: al intentar abrir la cama, ésta no se abría porque la puerta, al ser más ancha que el mueble, la zona que se introducía en el ropero no lo permitía y claro al final, acabé arrancando la puerta de la cama, al salir de la estructura me di cuenta del estropicio y tuve que rebajar la puerta en la zona donde la cama se introduce en el mueble. Una vez solucionado esto, la puerta quedó perfectamente puesta. Y sin ningún otro problema, entonces ya tocaba introducir la cama en su hueco y eso fue otra odisea, pues la había hecho tan ajustada que no me entraba, lo que me hizo tener que desmontar el ropero para poder meter la cama y después volver a montar el ropero. Al final encajó todo a la perfección.

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Lo siguiente fue poner los hidráulicos y para sorpresa mía, eran tan fuertes que no mantenían la cama abajo, sino que la cerraban, y eso me agobió un poco pero lo dejé pasar por el momento. A continuación tocó colocar el somier, que compramos a precio de chollazo en el almacén de Pikolín junto con el colchón, y aún así la cama seguía recogiéndose sola. Sólo me faltaba poner el colchón y BINGO. Por fin la cama se quedaba abajo y eso fue un gran alivio, pero me dio la desconfianza por si Maguito se acostaba y ésta se cerraba. Y claro, tuve que hacer las pruebas de seguridad: me acosté en la cama y todo bien, después me fui metiendo poco a poco dentro del ropero sobre la cama para ver si esta se levantaba y… no pasó nada, la cama seguía en su sitio y eso fue un gran alivio después de poner mis 70 kilos, bueno 75, y me calmé.

Esa noche tocó que Maguito probara por primera vez su cama, y parecía que estaba más nervioso y asustado yo, que él. Cuando se acostó le encantó su cama, y se olvidó de la cama grande y de nosotros. Ahora, él solo sale corriendo a dormir a su cama mágica que se esconde en el armario. Por fin abandonó la cuna y la cama grande de los papis.

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Aún faltan los detalles: pintar todas las puertas de su habitación de diferentes colores, pero eso será otra odisea.

Tareas domésticas

No nos planteamos ir enseñando a Maguito las labores domésticas, la verdad, si no que más bien fue surgiendo por sí mismo. Desde antes de nacer Maguito, las tareas se hacen por igual e indistintamente, aunque es cierto que desde que me quedé en paro, me encargo yo en su mayoría, lo que no quita que Papi Manitas las haga también. ¿Y Maguito? Su curiosidad comenzó por la cocina en cuanto fue consciente de lo que le rodeaba. Más de una vez me vi cocinando cargando con él en el portabebes, un poquillo de medio lado para que no le afectará el calor, para saciar su curiosidad. Y me arrepiento un poco de no haberlo hecho más, pero teniendo la espalda mal me resultó imposible.

Y llegamos a poco antes de cumplir su primer añito. Empezó a caminar con nueve meses, algo que me sigue pareciendo precoz, digan lo que digan, y comenzó a investigar su entorno. Y allí estaban, brillantes, relucientes, tentadores: todos esos botoncitos que hacen ruiditos y que encienden lucecitas. Mi primer impulso, ese sentido común social, fue detenerle, alejarle de los electrodomésticos, para que no le pasará nada, pero seguí mi instinto y me propuse enseñarle a usarlos en vez de tratar de alejarle. Y funcionó. Empezamos con la lavadora, que fue lo que más le llamó la atención por eso de dar vueltas y hacer mucho ruido. También resultó más fácil porque más que presionar, solo se necesita tocar el botón. Y no había peque más feliz y orgulloso. Luego pasamos al lavavajillas. Al principio necesitó un poco de ayuda para presionar los botones, pues eran algo duros para él, sobretodo el de encendido, pero tampoco le costó demasiado.

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Y pasó un poco de tiempo, y para Maguito coger la escoba y la fregona era lo más, cuando nos despistábamos un poco. Y ya no os digo nada si nos encontrábamos los carritos de limpieza, que daba la impresión de querer quitárselos de las manos a quien los llevara para quedárselos… Y aún lo sigue haciendo, añadiendo un poco de persecución.

No quisimos enseñarle más de las labores domésticas porque lo que quedaba era peligroso para alguien tan pequeñito, pero no contábamos con su ánimo y disposición. Con año y medio empezó a apagar la lavadora y el lavavajillas cuando terminaban, sin decirle nada, y al limpiar el polvo quería ayudar, así que hubo que ir dándole los objetos para que los quitara de en medio y luego dejar que nos los devolviera para colocarlos en su sitio. Puede que desmontara un poco los joyeros, pero ni una colonia acabó en el suelo. Y Maguito es muy estricto con eso de que cada cosa este en su sitio, podéis creerme. Tampoco costó mucho que se quedara fuera al limpiar el baño, aunque en la puerta, vigilante. Quizá por eso él mismo pedía sus pañales usados para tirarlos en la basura, incluso en otras casas.

Y así Maguito ha ido evolucionando casi por su cuenta, aunque siempre vigilado por supuesto. Y ahora, con sus 30 meses (que rápido que ha crecido), va dando la ropa sucia para meterla en la lavadora, selecciona el programa la pone en marcha y la apaga, ayuda a vaciarla y comprueba que no se haya quedado nada en el tambor; enciende y apaga el lavavajillas y ayuda a descargarlo (hasta ahora solo ha roto un plato); pide las cosas para limpiar el polvo y luego las da para colocarlas vigilando que queden en su sitio; ayuda a seleccionar la ropa seca; y cualquier cosa que se queda fuera de lugar o intenta colocarla o se la da al dueño para que la coloque. Y sí, tira sus juguetes por todas la casa, hasta que le decimos a recoger, y las va llevado a su arcón… sin casi protestas, pero dándoles las buenas noches y un besito a casi todos los juguetes, llamándoles por sus nombres y todo.

Oh, y en cuanto a su primer interés, la cocina, pues pobre del que no le deje a echar los macarrones al agua ni le deje mezclar según qué cosas, como la tortilla de papas…

¿Y vosotros como les empezasteis a enseñar las tareas?

Smoothie revitalizante

Tener un gripazo cuando hace el suficiente calor como para estar tirado en la playa, es un auténtico latazo, pero a veces pasa, y lo mejor que podemos hacer es tomarnos las cosas con calma, beber muchos líquidos y esperar a que pase. Hoy os proponemos una bebida que aparte de hidratarnos, nos aporta vitaminas y minerales para ayudar a recuperarnos. Esta receta es para una persona, porque mis chicos no son muy fans de este tipo de bebidas.

Ingredientes:

  •  200 mililitros de caldo de verduras Aneto.
  •  1 tomate.
  •  6 fresas más o menos, son para espesar, sobre todo.
  •  1 cucharadita de canela o jengibre, al gusto.

Preparación:

  •  Cortamos el rabito a las fresas y las troceamos.
  •  Troceamos el tomate.
  •  Ponemos todos los ingredientes en una batidora de vaso (que es más cómoda, más que nada) y batimos hasta que todo quede uniforme.
  •  Servimos y a disfrutar.

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Como veis, es una receta la mar de rápida y sencilla en la que pueden ayudaros vuestros pequeños maguitos y maguitas. No sé los vuestros, pero a Maguito le encanta eso de darle a los botones y le hace mucha gracia ver las mezclas dando vueltas en el vaso.

Si os gusta más fría, mi consejo es que uséis fresas congeladas y las añadáis al vaso tal cual. Si os gusta un poco más dulce, os recomiendo usar el caldo de zanahorias Aneto. Sea como sea, probad y darle vuestro toque personal.