Luces y Sombras (II)

Sí, ya lo sé, el blog ha estado parado un tiempo (un montón de tiempo) pero las sombras que parecían tan oscuras como pasajeras, se alargaron más de lo que esperábamos, llegando a enlazarse unas con otras para formar una tenebrosa temporada. En fin, a lo que íbamos.

El sábado 23 de abril nos levantamos agotados, pero muy ilusionados por ir al evento de Madresfera. Dejamos el coche donde nos recomendó Euti y nos dirigimos en metro hasta Rafael Hoteles Atocha. En uno de los cambios de línea nos equivocamos y nos fuimos en sentido contrario una parada, que es lo que tardamos en darnos cuenta, por aquello de conservar las tradiciones. Llegamos sin más problemas y no tardamos en encontrarnos con la recepción y el montón de regalos que la organización nos tenían preparados. Nos reímos un poco porque la identificación de Papi Manitas estaba preparada, pero la mía no, nada que no pudiera arreglarse con un rotulador. No nos dio mucho tiempo a saludar a nadie, porque llegamos casi con el tiempo justo de que empezara la primera ponencia.

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La primera ponencia era “Cómo conquistar el mundo con anuncios de Facebook”, a cargo de Patricia Tablado y su guapo acompañante, que fue tan majo de quedarse el resto del día. Patricia nos enseñó un montón de cosas tremendamente interesantes para potenciar los blogs como negocio o como marca personal. Si algún día queréis hacerlo o queréis mejorar vuestra presencia en las redes, os recomiendo encarecidamente que contéis con su consejo profesional.

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La segunda ponencia fue “¡Hacienda, que soy Blogger!” a cargo de Ana Belén Gonzalez. Por si teníais alguna duda al respecto, sí, hay que pagar a Hacienda por cualquier ingreso que se perciba a cuenta de nuestro ejercicio bloguero. Y es mucho más fácil, cómodo y sencillo acudir a una consultoría.

Entre media de las ponencias, la gente del equipo de Bam! estuvo animando el evento como sólo ellos saben hacerlo, sacándonos unas buenas carcajadas y animándonos a jugar siempre.

La tercera ponencia fue “10 cosas que he aprendido después de 13 años como blogger” a cargo de Lucía Sánchez Baballa. Fue tremendamente interesante escuchar a alguien que lleva tanto tiempo en este mundillo.

Durante la parada para el café saludamos a los pocos conocidos y yo me lancé en plan machete a por la gente que tenía ganas de desvirtualizar y con la que me moría por hacerme fotos. Lamento si en algún momento fui algo brusca o desconsiderada, pero la mezcla de nervios, entusiasmo y timidez (sí, algo me queda) me juegan malas pasadas a veces.

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La cuarta ponencia fue “Ética en redes” con Clara Castro. Un tema muy importante, especialmente en estos días. Lo que quedó especialmente claro es que cada uno tenemos nuestra ética, y que hemos de respetar la de los demás, teniendo siempre claros los límites que marca la legalidad.

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La quinta y última ponencia fue “De pasatiempo a negocio: cómo crear un blog impactante y rentable” a cargo de Carolina King. fue la ponencia que más nos llamó la atención, no por las cifras (que eran realmente impactantes) sino por el cariño y la sinceridad con la que hablaba la ponente de hacer lo que nos gusta de la manera en que nos gusta y ver cómo crece.

Aprovechamos la parada de la comida para participar en algunos de los maravillosos concursos organizados y para seguir desvirtualizando gente. Comimos poco, hablamos mucho y nos reímos más. Otra vez mis disculpas si me lancé a lo loco a saludaros.

Después de la comida se organizó la II Feria del libro Madresférico y aprovechamos para hacernos con “Cría como puedas” de Carlos Escudero y Cristina Quiles, que le debemos millones de gracias por su amabilidad.

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Después estuvo la charla “Metablogging III: resuelve tus dudas de blogging” Muy interesante también y muy instructivo. Y luego llegó la entrega de premios, muy emotiva y llena de sorpresas.

Nos despedimos de los que pudimos, dejamos los caldos Aneto y los paraguas (por las restricciones de los aviones snif) y pusimos rumbo a nuestro alojamiento. Esta vez sin equivocarnos de parada y sin más que el agotamiento se nos hechara encima. De hecho, dejamos todo en la habitación, bajamos a la cafetería, nos tomamos algo rápido y fuimos a morirnos a la cama.

Y llegó el domingo. Solitos, lejos de Maguito… Sé lo que estáis pensando y ya os digo que no. Aunque nos despertamos tarde (las 9 de la mañana, hala), los nervios, tanto tiempo de pie, tanto tiempo sentada y todas la emociones me pasaron factura y podéis creerme cuando os digo que estaba más tiesa que un palo. Me costó tanto levantarme que no bajamos a desayunar hasta las 11:30. Y eso que Papi Manitas me estuvo ayudando dándome masajitos y todo. Nos quedamos con ganas de pasarnos por Ludiversia, pero tal como me encontraba, era imposible, así que decidimos dar un paseito por Toledo, en plan tranquilo. Tampoco dio para mucho, la verdad, porque aunque aparcamos en el parking más cercano del Alcazar, nos costó cerca de hora y media llegar hasta la plaza Zocodover. Si no conocéis Toledo, os diré que es un trayecto de diez minutos, y encima cuesta abajo. Callejeamos un poco y comimos cerca de la catedral. Luego nos tomamos un heladito y nos volvimos, que al día siguiente teníamos que madrugar mucho.

El lunes nos levantamos a las 3:30 de la mañana, porque cogíamos el avión a las 6, y había que dejar el coche y rellenar el depósito. Todo perfecto y sin complicaciones, exceptuando el tener que enseñar en el control los botes de Cola Cao Noir y que nos pasaran las turundas para ver si eran drogas. Creo que nunca me había dormido en un avión antes, pero no podía con el cansancio. Llegamos con un pelín de retraso a Gran Canaria, nada grave y, curiosamente, mi cuñada ya estaba esperándonos, y eso que tenía que dejar a su hijo en el colegio. Estuvimos hablando con ella, sobretodo para saber cómo estaba Maguito y como había pasado esos días sin nosotros, y nos contó que no habían salido de la casa. Fuimos a casa de mi suegra y Maguito estaba… iba a decir hiperactivo, pero la palabra correcta es desesperado. Papi Manitas estaba molesto y decía que le dolía la espalda, por el avión supusimos así que le dije que se tumbara mientras llevaba a Maguito al parque un rato. Pero Maguito estaba tan fuera de sí que no lo permitió y bajamos los dos con él.

Fuimos a comer fuera, por deseo de mi suegra y Maguito la armó, lo normal después de estar tanto tiempo encerrado y después nos fuimos a casa, a descansar. Bueno, a intentarlo al menos. Papi Manitas estuvo quejándose de la espalda toda la tarde, no podía dormir, ni sentarse, ni estar de pie, ni nada, y al fin por la noche se fue como pudo a urgencias: cólico nefrítico. Llegó a casa sobre las 3 de la mañana. Ninguno de los dos dormimos mucho, claro, excepto que él se tuvo que levantar a las 6 para ir a trabajar. Con dolores. Y sin haber descansado. Fue una semana mala para él y bastante preocupante para mí. Pagamos el precio por irnos de finde como si fuéramos veinteañeros y no cuidarnos un poco.

Como suele decirse, lo malo se junta y cuando Papi Manitas ya se estaba recuperando, yo me quedé sin unas de las pastillas que tengo que tomarme por mi lesión, las que dejas de tomarlas y causan pesadillas, y hacen que los sueños parezcan la realidad y la realidad, sueño. Sólo fueron unos días, pero los suficientes para poner a prueba nuestra paciencia conjunta. Cuando fui a ver al médico para las pastillas, me quitó unas, me puso otras, y me pegué una semana durmiéndome por los rincones. De tal manera que un día llegó Papi Manitas de trabajar y yo estaba frita. Menos mal que no debió de ser mucho y Maguito es sorprendentemente responsable para su edad. Y ya está, se acabó.

Pues no. Cuando ya empezaba a habituarme a la nueva medicación, me levanté un día con el ojo izquierdo totalmente rojo y los párpados hinchados. Inocente de mí pensé que podría ser algo pasajero, aunque me eché colirio y trate de cuidarme. Dos días después tuve que ir a urgencias, porque directamente no podía abrirlo. Una risa cuando el oftalmólogo me soltó eso de: ¿y donde ha cogido esto? Y yo: pues en mi casa… Total, que lo que tenía era una conjuntivitis vírica muy agresiva y altamente contagiosa. A dos días de una cena de jubilación a la que no podíamos faltar. Para ir me puse un parche y le dije a todo el mundo que Maguito (pobrete mío) me había tirado un juguete y había hecho puntería, algo con lo que casi todos empatizaron por ser padres. Ese fin de semana tenía que haber sido para Papi Manitas y para mí, para estar juntitos, solos, para que me soltara con mi coche tras tanto tiempo sin conducir… y en cambio estuve en casa echándome las gotas y durmiendo a ver si podía abrir el ojo de una vez.

¡Y lo conseguí! Pero no antes de que se me contagiara el otro ojo y me cogiera tal gripazo que las amígdalas me alcanzaron el tamaño de pelotas de tenis. Así que una delicia este último mes, como veis. Pero de todo se sale y todo pasa, así que volvemos a la carga una vez más. Espero no haberos aburrido demasiado.

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Hace diez años…

Creo que a estas alturas todos conocemos ya el reto de una foto actual y otra de hace diez años, pero ¿sabríais decir lo que estabais haciendo, donde y cómo exactamente? Es difícil acordarse de algo así y sin embargo, para mí no lo es. Por muy manida que suene la frase, me acuerdo sin esfuerzo alguno, porque fue el momento en el que me cambió la vida. Y de una forma que ni yo misma sospechaba cuando ocurrió.

Trasladémonos a hace diez años. Era un martes despejado, un día primaveral precioso. Eran sobre las cuatro de la tarde, hora peninsular, me encontraba en la Academia de Infantería de Toledo, de maniobras, intentando llegar a soldado (pues sí, durante una época vestí uniforme). Era una semana dura, mucho ejercicio, pocas horas de sueño, los baños eran individuales gracias a las palas… ya os podéis hacer a la idea. Fue divertido y la gente con la que estaba… simplemente era genial. Pero esa tarde teníamos que pasar la pista de obstáculos, no la pista americana, sino otra diferente, más corta, pero más complicada, con foso de agua y todo.

Para cruzar el foso estaba la cuerda, el listón, el listón inclinado y el puente roto. Por la fila en la que estaba, me tocaba el puente roto. Una subidita, un salto y una bajada. Si no me frenaba para saltar, todo iría estupendamente. Pero antes había que pasar otro obstáculo, el primero, una especie de escalera de tubos de hormigón con una gran separación entre ellos y luego nada, saltar a la arena. Eran cuatro escalones. Cuatro zancadas, sentarse a horcajadas en el último tubo y saltar al suelo. Perdonad, si me trabo o no me explico correctamente, pero estos recuerdos me dan escalofríos aún ahora.

Di la primera zancada, rápida, segura. Di la segunda, segura. Di la tercera, ya no quedaba nada. Di la cuarta, aquello estaba chupado. Me puse a horcajadas. Negro. Nada.

Cuando me desperté estaba en el suelo, sin casco, con la chaqueta desabrochada y mi superior sobre mí. No sabía qué había pasado. No sabía qué hacía allí. No entendía nada. Intenté levantarme, pero estaba demasiado mareada. Un compañero se tumbó en el suelo para que pudiera levantar las piernas. No recuerdo cuanto estuve así.

Finalmente pude ponerme en pie y, con ayuda de otros dos compañeros, salí de la pista y me senté a un lado, apoyada en el armamento, porque mi cuerpo no podía mantenerme. Nunca antes me había sentido tan desvalida y con tantas ganas de que no fuera nada.

Al cabo de un rato, que me pareció eterno, la auxiliar me llevó al botiquín. Bueno, más bien me arrastré detrás de ella, cargando con todo mi equipo que no se digno a coger hasta llegar a la misma puerta. Allí se hicieron cargo de todo y de inmediato me llevaron al hospital. El muchacho que me trasladó no sólo fue extremadamente amable, sino que me dio unos cuantos buenos consejos.

Ya en el hospital, después de esperar apenas nada, tiempo más que suficiente para asustar a los pocos peques que estaban en urgencias (imaginaos mi facha: uniforme, cara pintada, embarrada hasta más allá de lo imaginable…) , me llevaron a la sala de rayos, donde las enfermeras tuvieron que ayudarme a desvestirme y a vestirme, y después me tumbaron en una cama con suero y calmantes.

Sólo cuando pasé a ver al médico empecé a preocuparme de verdad. Miraba la pantalla. Se pasaba la mano por el mentón. Miraba la pantalla. Me miraba a mí. Miraba la pantalla. Se pasaba la mano por la frente. Al fin me dijo: te has roto tres apofisis transversas, la L2, L3 y L4. E inocente de mí, pensé que no podía ser para tanto. Como no dije nada y el médico debió ver mi cara de “¿y…?”, me explicó que me había roto las aletillas de las vértebras lumbares, por así decirlo, que menuda caída para romperme eso y que necesitaba reposo y una faja ortopédica.

Debí abrir tanto los ojos, que me quedé sin cara.

No recuerdo mucho, por la estupefacción más que nada. El mismo chico que me había traído al hospital me llevó de nuevo a la Academia. Era muy tarde y ni me acuerdo de lo que le dije a la chica que estaba de guardia en la nave para que me dejara pasar y dormir en una de las camas de mis compañeras. La mía era una litera superior, y a ver cómo carajo iba a subir…

Bajar a desayunar a la mañana siguiente me costó una barbaridad. Y formar ya ni lo cuento. Todos los que estábamos chungos teníamos que ir juntitos a botiquín y los que mejor estaban me ayudaron a llegar mientras los demás se adecuaban a mi paso de tortuga reumática. En cuanto llegamos, un compañero entró a pedir que me dejaran sentarme por como estaba. Sacaron una silla de ruedas y me quedé allí ingresada.

Dos días más tarde mis superiores me trajeron mis cosas, que había recogido la compañera con la que compartía tienda, me preguntaron cómo estaba y llamaron a mi familia para que vinieran a buscarme. Sólo diré que cuando le conté a mi padre lo que me pasaba me dijo con un tono nada cariñoso: ¿y ahora te vas a quedar en silla de ruedas?

Ya os podéis imaginar que el viaje hasta Salamanca no fue nada agradable. Me llevaron al hospital y me confirmaron el diagnóstico que ya tenía. Pastillas. Faja. Descanso. Y revisiones.

Nunca he tenido problemas con los profesionales de la salud, no es que sea aficionada a visitarlos, pero siempre he hecho caso de sus indicaciones. Mi padre no. Mi padre prefirió preguntarle a un amigo quién era el mejor y me obligó a pasar consulta con él. No soy quién para juzgar al médico que me atendió, pero solo pasaba la tarjeta, firmaba la baja y ya. Ni una sola vez me tocó, ni miró las radiografías que tenía ni me pidió otras.

Ah, sí. Cuando hablé con los compañeros que habían visto la caída me dijeron que fue espectacular y que tuve suerte de no darme con los tubos al caer entre ellos. Para entonces ya conseguía andar más de cuatro pasos seguidos, aunque las viejillas con bastón me adelantaban con mucho; y a alguien se le ocurrió decirles a mis padres que la fisioterapia me iría bien… lástima que escogieran al amigo de la familia más interesado en acostarse conmigo que en ayudarme.

Y quién sabe si fueron la falta de cuidados iniciales, tener que sacar a mi madre del hospital (se operó los juanetes) llevando sólo quince días de descanso, mi permanencia posterior en el ejército, algún descuido… pero el caso es que quedé con una discopatia (L5-S1), una espondilosis lumbar y los nervios de la pierna derecha dañados para siempre.

¿Y qué estabais haciendo vosotros hace diez años a estas horas?

Luces y Sombras (I)

El pasado fin de semana del 22, 23 y 24 de marzo nos fuimos a Madrid para una consulta y un evento. Lo primero que debo confesar es que nunca pensé que las fechas se combinarían tan bien y pudiéramos ir a todo, pero a veces la vida nos sorprende de buena manera y esta vez fue una de ellas; la segunda, que somos muy dados a eso de “pues ya que”, así que no os asustéis demasiado.

Una vez confirmadas las fechas, había que comprar las entradas al evento, buscar alojamiento y encontrar vuelo. Lo primero fue fácil, nos hicimos con ellas en cuanto se pusieron a la venta. El vuelo costó un par de días en los que Papi Manitas consultó una web tras otra y al final encontró un vuelo súper barato con Ryanair. Estaba condicionado a salir el jueves por la tarde, volver el lunes a primera hora, sentarnos separados y no llevar maleta, pero somos viajeros experimentados y con una mochila para cada uno teníamos más que de sobra. El alojamiento lo encontró Papi Manitas la semana antes del viaje por ciertos problemas de disponibilidad, también muy económico, solo que en Toledo. Así que buscamos un coche para trasladarnos sin problemas y encontramos uno muy barato con Firefly. Unos 80€ todo, un chollo vamos.

¿Y Maguito, os estaréis preguntando? Pues decidimos dejarlo con la abuela, porque era un viaje con pocos descansos y muchas prisas, y él aún es pequeño para tanto estrés. Y con todo arreglado y preparado, el jueves 21 fuimos pronto a comer a casa de mi suegra, nos despedimos de Maguito (con sentimiento de culpa) y mi cuñada nos acercó al aeropuerto. Cogimos el vuelo sin problema y llegamos a Madrid a las 8 de la tarde por el dichoso cambio de hora. Recogimos el coche sin problemas, nos dieron uno nuevecito, recién salido del concesionario y mantuvimos el precio barato porque pasamos de pagar más por el seguro, que sabemos cuidar los coches. Nos fuimos a Toledo, arreglamos la parte burocrática del alojamiento, dejamos las cosas, cenamos allí mismo, en la cafetería, y a dormir, que estábamos algo cansaditos y nos esperaban dos días bien largos por delante.

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El viernes 22 nos levantamos pronto, en verdad nos despertamos sin ayuda de nada, quizá por los nervios, quizá por previsión. Desayunamos tranquilamente y nos fuimos a Madrid con calma. Consultamos en internet dónde dejar el coche en Madrid, para poder movernos más cómodamente en metro y así lo hicimos. Como llegamos antes de tiempo, aprovechamos la cercanía (cercanía de verdad, no cercanía tipo Madrid) y visitamos el Templo de Debod. No llegamos a entrar, porque a pesar de ser primera hora de la mañana, ya había una cola impresionante. Dimos un paseo por el parque y nos dirigimos a la consulta que habíamos esperado durante tanto tiempo y con la que estábamos tan esperanzados. No fue como hubiéramos querido, pero tampoco fue del todo mala. Nos quedamos igual, pero nunca se pierden las esperanzas con las lesiones.

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Después de eso, dimos unas cuantas vueltas sin rumbo, algo desanimados, y llegamos a un parque por la Gran Vía. Paseamos por allí admirando los edificios clásicos y como no, llegamos a la calle Preciados y no podíamos dejar de entrar en el Fnac. Allí encontramos el juego de Exploding Kittens (os lo recomiendo, porque es una risa) y el cuento de El Monstruo de Colores para Maguito (no podíamos olvidarnos de él, por supuesto).

Llegamos a la Puerta del Sol, sobretodo porque Papi Manitas no la había visitado nunca, porque siempre ha estado en Madrid de paso. Dimos un par de vueltas más y acabamos comiendo en un Burguer King. Sí, echarnos la bronca, pero estábamos cansados, teníamos hambre y era lo primero que vimos. Después de eso fuimos a la Biblioteca Nacional a visitar una exposición de Viera y Clavijo que Papi Manitas le tenía muchas ganas (la tierra tira, después de todo) y nos encontramos otra dedicada a Leonardo DaVinci que nos encantó. Y como nos quedaba un poco de tiempo, nos pasamos por Akira Comics (wiiii) donde una muchacha súper maja y tremendamente encantadora nos recomendó el libro Paco y el Rock para Maguito (millones de gracias) y nos llevamos el juego No sin mi gato (aún por estrenar).

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Y salimos corriendo a llegar al sitio donde habíamos quedado para cenar con ilustres blogueras y bloguero, aunque llegamos un poquito tarde. Solo conocíamos a la gran Refuerzo Divertido, pero se arreglo enseguida y nos lo pasamos de miedo con: La Maternidad de Krika en Suiza, Mi Pitufina y Yo, Surcando los Dados, Las Aventuras de Bebé Pingüino y su MamáUna Mamá sin Colon pero con Crohn y Euti. Son todos tremendamente encantadores y nos dio pena despedirnos tan pronto de ellos, pero había que dormir para el día siguiente. No lo hicimos mucho, la verdad, porque llegamos al alojamiento sobre las 2 de la mañana y nos teníamos que levantar a las 7.

CONTINUAREMOS…

Papi Manitas y la cama de Maguito

Hola, soy Papi Manitas y aunque esto no es lo mío, me animo y lo comparto con Mami Cocinitas. Soy menos de letras y más de arreglar lo que se rompe y hacer chapuzas de nivel 1 o menos, aunque Mami Cocinitas piensa que son fantásticas y estupendas yo creo que no es para tanto, pero eso me motiva para hacer más cosas. Que buena es Mami Cocinitas.

Cada día Mami Cocinitas y Maguito me sorprenden con muchas cosas. Algo nuevo y rico de comida, nunca repito plato gracias a Mami Cocinitas, que es una estupenda cocinera y me hace muchas cosas ricas y sanas. Tiene un gran problema conmigo, porque no soy de verduras y ella es capaz de ponérmelas sin que, casi nunca, me dé cuenta. Y Maguito cada día me sorprende con lo rápido que aprende y se espabila. Cada vez que hago alguna chapuza nueva, por ejemplo, él quiere ayudar, pero aún es muy pequeño y aunque le dejo coger algunas herramientas, quiere las más grandes y ruidosas, o sea las más peligrosas, y ya utiliza el destornillador y el martillo casi mejor que yo.

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Bueno, empiezo a contar lo que vine a poner: después de casi dos años con una única idea, empecé a continuar el proyecto de la habitación de Maguito. Como lo que quería era un cuarto con los mínimos estorbos por el suelo, puse un mueble en alto pegado al techo a lo largo de la habitación y después en la pared adyacente, un ropero de puertas correderas y al lado de esta, una cama abatible en vertical, pero claro no quería comprar una, sino fabricarla.

Después de encontrar todas las piezas y maderas para hacer la cama abatible, empecé a construirla. Lo primero fue ver varios proyectos de cómo hacerla por internet, pero no me convencían del todo y empecé a hacerla a mi gusto. Primero hice la estructura donde se introduce la cama y después la cama en si. Cuando termine de hacer la estructura y la cama, me di cuenta de mi primer error: tenía que hacer la estructura más larga para que el conjunto pudiera abrirse y cerrarse; así que hubo que desmontarlo y después le hice unas prolongaciones con la misma madera y listo, ya la estructura de cajón estaba perfecta. El siguiente error fue el ancho de la estructura que junto con la cama no me dejaba poner las piezas donde van los hidráulicos, lo que hace que la cama gire para recogerse; otra odisea, porque no podía ensanchar más la cama por el ropero, así que después de darle muchas vueltas, lo que hice fue colocar la estructura por fuera rebajando la madera para que entrara. Al final quedó muy bien, hasta a mí me sorprendió pues no se ven las piezas de metal, sólo los hidráulicos y el resto quedó tapado por la misma madera.

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Una vez montado todo y comprobado que cerraba y se abatía, lo siguiente fue hacer las patas de la cama. Yo quería hacer unas patas que girarían como una estantería, pero eso fue otra odisea, pues no tuve en cuenta esto en la estructura de la cama y tocaba de nuevo pensar cómo hacerlo. Se me ocurrió rebajar la madera de la cama y la de las patas para que ambas encajaran y poner unos rodamientos para que giraran, todo fue bien o eso pareció, pero al rebajar la madera ésta quedó más débil y después de varias pruebas, que salieron bien, terminó rompiéndose. Y ya cansado y agotado, decidí dejar las patas fijas, que aunque no fuera mi idea inicial, funcionó. Luego tocó poner la tapa que actúa de puerta para que no se vea la estructura de la cama y con eso me tuvo que ayudar Mami Cocinitas, porque no podía poner la puerta y cogerla con tornillos por dentro. Después de ponerla en su sitio, ni Mami Cocinitas, ni yo, que estaba dentro de la cama, nos dimos cuenta de otro fatídico error: al intentar abrir la cama, ésta no se abría porque la puerta, al ser más ancha que el mueble, la zona que se introducía en el ropero no lo permitía y claro al final, acabé arrancando la puerta de la cama, al salir de la estructura me di cuenta del estropicio y tuve que rebajar la puerta en la zona donde la cama se introduce en el mueble. Una vez solucionado esto, la puerta quedó perfectamente puesta. Y sin ningún otro problema, entonces ya tocaba introducir la cama en su hueco y eso fue otra odisea, pues la había hecho tan ajustada que no me entraba, lo que me hizo tener que desmontar el ropero para poder meter la cama y después volver a montar el ropero. Al final encajó todo a la perfección.

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Lo siguiente fue poner los hidráulicos y para sorpresa mía, eran tan fuertes que no mantenían la cama abajo, sino que la cerraban, y eso me agobió un poco pero lo dejé pasar por el momento. A continuación tocó colocar el somier, que compramos a precio de chollazo en el almacén de Pikolín junto con el colchón, y aún así la cama seguía recogiéndose sola. Sólo me faltaba poner el colchón y BINGO. Por fin la cama se quedaba abajo y eso fue un gran alivio, pero me dio la desconfianza por si Maguito se acostaba y ésta se cerraba. Y claro, tuve que hacer las pruebas de seguridad: me acosté en la cama y todo bien, después me fui metiendo poco a poco dentro del ropero sobre la cama para ver si esta se levantaba y… no pasó nada, la cama seguía en su sitio y eso fue un gran alivio después de poner mis 70 kilos, bueno 75, y me calmé.

Esa noche tocó que Maguito probara por primera vez su cama, y parecía que estaba más nervioso y asustado yo, que él. Cuando se acostó le encantó su cama, y se olvidó de la cama grande y de nosotros. Ahora, él solo sale corriendo a dormir a su cama mágica que se esconde en el armario. Por fin abandonó la cuna y la cama grande de los papis.

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Aún faltan los detalles: pintar todas las puertas de su habitación de diferentes colores, pero eso será otra odisea.

Tareas domésticas

No nos planteamos ir enseñando a Maguito las labores domésticas, la verdad, si no que más bien fue surgiendo por sí mismo. Desde antes de nacer Maguito, las tareas se hacen por igual e indistintamente, aunque es cierto que desde que me quedé en paro, me encargo yo en su mayoría, lo que no quita que Papi Manitas las haga también. ¿Y Maguito? Su curiosidad comenzó por la cocina en cuanto fue consciente de lo que le rodeaba. Más de una vez me vi cocinando cargando con él en el portabebes, un poquillo de medio lado para que no le afectará el calor, para saciar su curiosidad. Y me arrepiento un poco de no haberlo hecho más, pero teniendo la espalda mal me resultó imposible.

Y llegamos a poco antes de cumplir su primer añito. Empezó a caminar con nueve meses, algo que me sigue pareciendo precoz, digan lo que digan, y comenzó a investigar su entorno. Y allí estaban, brillantes, relucientes, tentadores: todos esos botoncitos que hacen ruiditos y que encienden lucecitas. Mi primer impulso, ese sentido común social, fue detenerle, alejarle de los electrodomésticos, para que no le pasará nada, pero seguí mi instinto y me propuse enseñarle a usarlos en vez de tratar de alejarle. Y funcionó. Empezamos con la lavadora, que fue lo que más le llamó la atención por eso de dar vueltas y hacer mucho ruido. También resultó más fácil porque más que presionar, solo se necesita tocar el botón. Y no había peque más feliz y orgulloso. Luego pasamos al lavavajillas. Al principio necesitó un poco de ayuda para presionar los botones, pues eran algo duros para él, sobretodo el de encendido, pero tampoco le costó demasiado.

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Y pasó un poco de tiempo, y para Maguito coger la escoba y la fregona era lo más, cuando nos despistábamos un poco. Y ya no os digo nada si nos encontrábamos los carritos de limpieza, que daba la impresión de querer quitárselos de las manos a quien los llevara para quedárselos… Y aún lo sigue haciendo, añadiendo un poco de persecución.

No quisimos enseñarle más de las labores domésticas porque lo que quedaba era peligroso para alguien tan pequeñito, pero no contábamos con su ánimo y disposición. Con año y medio empezó a apagar la lavadora y el lavavajillas cuando terminaban, sin decirle nada, y al limpiar el polvo quería ayudar, así que hubo que ir dándole los objetos para que los quitara de en medio y luego dejar que nos los devolviera para colocarlos en su sitio. Puede que desmontara un poco los joyeros, pero ni una colonia acabó en el suelo. Y Maguito es muy estricto con eso de que cada cosa este en su sitio, podéis creerme. Tampoco costó mucho que se quedara fuera al limpiar el baño, aunque en la puerta, vigilante. Quizá por eso él mismo pedía sus pañales usados para tirarlos en la basura, incluso en otras casas.

Y así Maguito ha ido evolucionando casi por su cuenta, aunque siempre vigilado por supuesto. Y ahora, con sus 30 meses (que rápido que ha crecido), va dando la ropa sucia para meterla en la lavadora, selecciona el programa la pone en marcha y la apaga, ayuda a vaciarla y comprueba que no se haya quedado nada en el tambor; enciende y apaga el lavavajillas y ayuda a descargarlo (hasta ahora solo ha roto un plato); pide las cosas para limpiar el polvo y luego las da para colocarlas vigilando que queden en su sitio; ayuda a seleccionar la ropa seca; y cualquier cosa que se queda fuera de lugar o intenta colocarla o se la da al dueño para que la coloque. Y sí, tira sus juguetes por todas la casa, hasta que le decimos a recoger, y las va llevado a su arcón… sin casi protestas, pero dándoles las buenas noches y un besito a casi todos los juguetes, llamándoles por sus nombres y todo.

Oh, y en cuanto a su primer interés, la cocina, pues pobre del que no le deje a echar los macarrones al agua ni le deje mezclar según qué cosas, como la tortilla de papas…

¿Y vosotros como les empezasteis a enseñar las tareas?

Smoothie revitalizante

Tener un gripazo cuando hace el suficiente calor como para estar tirado en la playa, es un auténtico latazo, pero a veces pasa, y lo mejor que podemos hacer es tomarnos las cosas con calma, beber muchos líquidos y esperar a que pase. Hoy os proponemos una bebida que aparte de hidratarnos, nos aporta vitaminas y minerales para ayudar a recuperarnos. Esta receta es para una persona, porque mis chicos no son muy fans de este tipo de bebidas.

Ingredientes:

  •  200 mililitros de caldo de verduras Aneto.
  •  1 tomate.
  •  6 fresas más o menos, son para espesar, sobre todo.
  •  1 cucharadita de canela o jengibre, al gusto.

Preparación:

  •  Cortamos el rabito a las fresas y las troceamos.
  •  Troceamos el tomate.
  •  Ponemos todos los ingredientes en una batidora de vaso (que es más cómoda, más que nada) y batimos hasta que todo quede uniforme.
  •  Servimos y a disfrutar.

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Como veis, es una receta la mar de rápida y sencilla en la que pueden ayudaros vuestros pequeños maguitos y maguitas. No sé los vuestros, pero a Maguito le encanta eso de darle a los botones y le hace mucha gracia ver las mezclas dando vueltas en el vaso.

Si os gusta más fría, mi consejo es que uséis fresas congeladas y las añadáis al vaso tal cual. Si os gusta un poco más dulce, os recomiendo usar el caldo de zanahorias Aneto. Sea como sea, probad y darle vuestro toque personal.

Tarta de zanahoria estresante

Hay dos cosas que no pueden faltar en casa: galletas y postres de cuchara. Todo casero, que Maguito es muy exigente. Las galletas suelen acompañar la fruta de media mañana, y los postres, para la merienda. Lo bueno es que me encanta cocinar, es algo que me relaja y disfruto enormemente. Papi Manitas no. Papi Manitas es de comer. De hecho, tiene una especie de pelea eterna con lo de cocinar que nunca llegaré a entender, pero el caso es que ni le gusta ni tiene interés alguno en aprender. Hasta ahí todo bien. Yo preparo los dulces y ellos se los comen, o se pelean para ver quién se come más. No es un mal arreglo. La semana pasada algo tenía que preparar, quedaba solamente un bol de natillas y le pregunté a Maguito qué le apetecería para el siguiente día, lo tuvo claro enseguida: tarta. Y yo lo tuve claro enseguida también: tarta de zanahoria. Y Papi Manitas también tuvo claro enseguida que yo no estaba en condiciones de hacer nada por el estilo… y se empeñó en hacerla él… si le iba diciendo paso a paso.

Puede que os estéis imaginando alguna clase de desastre, tipo la casa ardiendo, nosotros peleándonos o algo así, pero ya os adelanto que no, que no pasó nada… si exceptuamos el hecho de que intentar que alguien haga algo en lo que no tiene ningún interés pero para lo que se siente obligado, relajante precisamente no es. Ya os iré contando como fue según avanzamos con la receta.

Ingredientes:

Para el bizcocho:

  •  300 gramos de zanahoria rallada.
  •  275 gramos de harina.
  • 1 cucharadita de levadura.
  •  1 cucharadita de bicarbonato.
  •  1 cucharadita de canela en polvo.
  •  225 gramos de azúcar blanca.
  •  200 gramos de azúcar moreno.
  •  250 gramos de mantequilla.
  •  3 huevos.
  •  2 cucharaditas de extracto de vainilla.
  •  118 mililitros de zumo de naranja.
  •  3 cucharaditas de nata líquida.

Para la cobertura:

  •  250 gramos de queso tipo philadelphia.
  •  60 gramos de mantequilla.
  •  150 gramos de azúcar glas.

Preparación:

Bizcocho:

  •  Precalentar el horno a 175º. En nuestro horno hay que ponerla a ojo, así que Papi Manitas empezó a protestar porque esas no eran formas de hacer las cosas.
  •  Engrasamos el molde y lo reservamos. Tenemos un spray maravilloso y solo diré que el bizcocho se pegó.
  •  Mezclamos en un bol la harina, la levadura, la canela y el bicarbonato. Para Papi Manitas una cucharadita no es una medida, así que se empeñó en buscar su equivalente en gramos y en pesarlo todo.
  •  Batimos la mantequilla y vamos añadiendo los dos tipos de azúcar poco a poco hasta que adquiera una consistencia cremosa. Me costó una barbaridad quedarme sentada, según Papi Manitas era imposible alcanzar la cremosidad, y le acabó doliendo el brazo y eso que hace deporte todos los días…
  •  Incorporamos los huevos uno a uno. Papi Manitas se quejó de que fueran de uno en uno, porque no tenía sentido.
  •  Incorporamos la vainilla sin dejar de batir. Más quejas y más insistencia en pesar.
  •  Añadimos un tercio de la mezcla de ingredientes secos y la mitad del zumo. Hiper mega quejas porque tendría que echarse todo de golpe.
  •  Añadimos otro tercio de los ingredientes secos y el resto del zumo. Esta vez las quejas iban encaminadas a que aquello no se podía mezclar bien.
  •  Añadimos el resto de ingredientes secos y batimos bien. Más quejas relacionadas sobre la imposibilidad de batir aquello con tanta cosa seca y yo notando como alguna vena se me iba hinchando en el cerebro.
  •  Agregamos la zanahoria, la nata y removemos bien a mano. Papi Manitas se negó a hacerlo con la mano porque decía que vomitaba, así que casi me alegre de decirle que lo hiciera con la cuchara.
  •  Verter la masa en el molde y hornear durante unos 70 minutos. Estará listo cuando pinchemos con un cuchillo, por ejemplo, y salga limpio. De ver si estaba listo me encargué yo porque Papi Manitas decía que no sabía.

Cobertura:

  •  Dejamos la mantequilla a temperatura ambiente un rato.
  •  Añadimos el resto de los ingrediente y batimos bien hasta que quede una crema uniforme. Y menos mal que no tiene más complicación, porque Papi Manitas se negó a prepararla, hasta que le conté que el que tenía que trabajar era el robot de cocina.

Para montarlo es simple, desmoldar el bizcocho con cuidado una vez se haya enfriado, cortarlo a la mitad si queréis rellenarlo, distribuir la crema de la manera más uniforme posible, juntar las dos partes, y cubrir la parte de arriba del bizcocho. Los adornos son libres: figuritas de zanahorias, frutos secos, bolitas de chocolate como en nuestro caso (a Maguito le encanta esparcirlas), o lo que más os guste.

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En esta ocasión no pude hacer muchas fotos porque estaba ocupada en explicarle a Papi Manitas la importancia de seguir los pasos, en entender cómo pudo dejar la cocina como si hubiera sido el escenario de una batalla y en controlar mis instintos asesinos y mi presión arterial; así que estoy segura de que sabréis perdonarme.

Sólo me queda añadir que la tarta es deliciosa y que el bizcocho por sí mismo también, aunque si no vais a hacer tarta, mi consejo es que añadáis unos 60 gramos del fruto seco que más os guste.

Dependiendo de pastillas

Soy de letras, así no os esperéis un artículo científico sobre la composición de los medicamentos y sus efectos. No, nada de eso; de lo que quiero hablar es de los efectos de los medicamentos a nivel familiar, sobretodo cuando se tiene a un maguito. Pero empecemos por el principio.

Cuando me empezaron a recetar calmantes de modo regular, Maguito no existía, ni estaba planeado que existiera. Y menos mal, porque eso me dio tiempo a acostumbrarme a ellos, a aprender a tomarme las cosas con absoluta calma cuando variaban la dosis, a que Papi Manitas me viera casi fuera de combate y también él aprendiera qué hacer en esos casos. Y sí, fue primordial, porque algunas cosas es mejor vivirlas. Además, cuando dependes de los medicamentos para seguir con la rutina, necesitas a alguien contigo, que te sostenga cuando no puedes, dado que por muy independiente que se sea, siempre llega a necesitarse.

Siempre me río cuando recuerdo lo que me dijo el médico al llevarle las pruebas después de tener a Maguito: te has librado. Antes y durante el embarazo lo habíamos hablado largo tendido, él nos había avisado de lo que podría llegar a pasar, nosotros estábamos preparados para lo peor. Me libré. No de las pastillas, claro. Volver a tomarlas fue un poco un reencuentro con mi amante, las había añorado como a una parte de mí misma. Y es que en eso se acaban convirtiendo, causen adicción o no. Es una parte del día a día, algo que se necesita para funcionar, y es algo que todos deben aceptar en la familia. Para Maguito mis pastillas son algo tan natural y común que nunca hasta la fecha (tampoco bajamos la guardia) las ha cogido para jugar, ni le han llamado la atención ni cayéndose al suelo delante suyo, lo que hace es cogerla, las pone encima de la mesa y dice tan tranquilo: “e mamá”, y sigue con lo suyo.

Hasta aquí, todo bien, la parte bonita, por así decirlo. La parte no tan bonita es cuando esas pequeñas cositas dejan de estar. No porque ya no sean necesarias, sino porque faltan de golpe, rotura del stock que se dice, ¿no? Nadie te prepara para eso, para como va a reaccionar tu cuerpo, para cómo te vas a sentir, ni desde luego para como se van a sentir los que te rodean. Si son calmantes, te sientes mal, dolorida, y tremendamente irascible con las mínimas tonterías, porque duele. En esos casos, los que más cerca están de ti, se arman de paciencia, pasan por alto ese ligero malhumor y te consienten un poco más de lo normal. ¿Y los peques? Pues también, si no se les trata de ocultar lo que pasa. Aunque no llegan a entender las cosas complejas, sí que entienden el dolor, y que no puedas hacer según qué cosas, porque te duele demasiado. Son sorprendentes. Hablar con ellos, contarles las cosas… nunca deja de alucinare, la verdad.

¿Y qué pasa cuando lo que falta de golpe es algo con un componente neuroquímico? Seguro que lo estáis pensando: malo. Totalmente cierto. Estás raro, sin saber qué te pasa ni por qué te sientes así. Es muy desconcertante y desorientador. La parte buena (sí, incluso esto tiene su parte buena) es que te ayuda a conocerte un poco mejor, y lo que necesitas. Porque da igual la fuerza de voluntad que tengas, no vas a poder pasarlo solo. Lo primero, calma, tranquilidad y sosiego. Los peques son excelentes en eso de detectar los estados de ánimo de sus progenitores sobretodo, y no esta bien provocarles nervios. Lo segundo, hay que pararse a reflexionar sobre qué se necesita: ¿un abrazo? ¿reírse? ¿olvidarse de todo? ¿dormir? ¿gatitos? ¿Qué es eso que te hace sentir bien cuando se está triste o angustiado? ¿No se sabe? Pues nada de cortarse, la vergüenza no existe cuando hay necesidad: a preguntar, pedir consejos, compartir con gente en tu situación. Y pedir, pedir hasta sentirse bien, hasta estar normal, hasta estar a gusto. La risa, los mimos, lo que sea, no va a curar ni a quitar ese estado alterado, pero ayuda a soportarlo, a que aquellos a los que se quiere no se angustien, a compartir un buen rato con Maguito pese a todo.

Y cuando pasa, o al menos se atenúa lo suficiente, agradecerle a los que te echaron un cable cuando se necesitó sienta casi igual de bien. Está es mi forma de agradecérselo a: Dácil, Miren, Opinión de mamá, Papi primerizo, hijos manual de experiencia, Tania PG, Palomi, Niniel, Pablo, Patri por hacerme reír y, por supuesto, a Papi Manitas, Maguito y Drake por sus mimos y por aguantarme.

Drake

¿Qué sería de un mago sin su proverbial gato? ¿Y de un gato sin mago? Drake fue un poco el comienzo de todo. Retrocedamos hasta 2010. Yo vivía con una compañera de trabajo que me presentó a otra chica del trabajo. Hasta ahí todo bien. El caso es que esta segunda chica, con la hice migas enseguida, un día se encontró una camada de gatitos que algún desalmado había tirado al cubo de basura. Me preguntó si quería quedarme con alguno y fui totalmente incapaz de decir que no. En un principio elegí una hembrita, pero tras varias discusiones con mi compañera de piso (ella podía tenía tener a su perro, pero yo no podía adoptar un gatito) y otro día más, me quedé con un machito.

Mi compañera se empeñó en ponerle nombre, del cual no me acuerdo y del que creo recordar que nunca me gustó, y yo pasé a encargarme de mi nuevo compañero. El pobre me cabía en la palma de la mano y estaba claro que había nacido en una casa y que estaba destetado (doy gracias a mi experiencia con otros gatos); y estaba lleno de pulgas. Tan pequeñito. Lo bañé y le fui quitando una a una, y el pobre casi lo agradecía, aunque eso del agua no es que le fuera mucho. Lo siguiente fue llevarlo al veterinario, que me confirmó lo que sospechaba: estaba en buen estado y tendría un par de meses. Elegí para él Drake porque era un pequeño bandido y era isleño: estaba claro que tenía que tener nombre de pirata.

Durante unos meses pasó a llamarse “comida de emergencia”, porque tenía que elegir entre comer o ir a trabajar, y esa barriguita tan redondita daba vicio. Lo superamos juntos. Él comiendo pienso al peso y yo viendo en blanco y negro. Y empezaron a pasar cosas buenas. Encontré un estudio cerca del trabajo, en la playa de Las Canteras, y al poco conocí a Papi Manitas. A él nunca le ha gustado tener animales en casa, porque los ve como una responsabilidad, pero Drake se hizo querer.

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Tras una temporada, nos mudamos con Papi Manitas y Drake no pudo ser más feliz. Incluso cuando le castramos. Un pasillo enorme para correr, muchos sitios para dormir y toda la atención para él solito. Ahí fue cuando nos empezamos a dar cuenta de que más un gato, tiene carácter de perro: no extraña nada, no extraña a nadie, no le importa demasiado que le cambien de casa (mientras tenga sus cosas) y le podemos llevar con correa y arnes. Sí, no es coña. La de veces que se ha acercado alguien en plan: “Anda, pensaba que era un perro raro y es un gato”.

Y los años fueron pasando en feliz armonía, pero todo cambia y Maguito empezó a crecer en mi barriguita. Como yo pasaba mucho más tiempo en el sofá, Drake feliz encima mío, pero se iba preparando para lo que estaba por venir.

Fue el primero en probar todos los nuevos elementos que iban apareciendo por casa y en asegurarse de que eran aptos… para su siesta, al menos. Papi Manitas se obsesionó un poco con qué haríamos si Maguito tuviera alergia a Drake, y yo sólo le decía que no adelantara tanto los acontecimientos. Lo de mi suegra fue más complicado, para ella los gatos son traicioneros y da igual lo mucho que trate al amor que es Drake, estaba convencida de que haría daño a Maguito. Nunca me lo creí… demasiado, por lo menos hasta que llegó el día en que Drake no permitía que nadie me tocara la panchota; en ese momento me quedé totalmente tranquila. En cuanto a lo demás… ni me lo planteé. Drake siempre ha sido un gato casero, al día con las vacunas y nunca he cogido sus heces con las manos, aunque desde que me conozco, me gusta la carne sangrante, así que la ginecóloga pasó cuatro pueblos de la prueba de la toxoplasmosis. Si tenéis algún temor a ese respecto, os ruego que preguntéis y os informéis bien antes de mirar mal al felino.

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Y llegó Maguito, libre de alergias. ¿Y Drake? Pues ya podéis notar su gran preocupación y estrés en esta foto de los tres tomada una semana después de volver del hospital. La verdad es que estaba más preocupado por recuperar su sitio en mis piernas y esas largas siestas que por el nuevo habitante.

De hecho, el día que llevamos a Maguito a casa, Drake lo ignoró por completo. Como si no existiera. Sólo quería rozarse conmigo y estar encima. Como para preocuparse, vamos.

Pero claro, Maguito no se iba a quedar como un bebé tranquilito para siempre y fue creciendo, aunque la actitud de Drake hacia él no variara demasiado.

Compartieron espacio, sin problemas. O sin problemas hasta que Maguito comenzó a caminar. Ya os podéis imaginar que lo primero que hizo fue ponerse a perseguir a Drake, con lo que éste último se vio relegado a dormir o en el lavabo, o debajo de las mantas de nuestra cama. Poco a poco, le hemos ido enseñando que Drake es un ser vivo, y que tiene que respetarlo, dejar sus cosas tranquilas y no molestarlo; aunque a Maguito aún le sigue haciendo mucha gracia que Drake se harte y le de mordiscos de advertencia. img_2179-e1551295762452.jpg

 

Y ahora, a sus casi dos años y medio, Maguito va dejando más en paz a Drake porque según dice él mismo: lo “ero ucho”. Aunque es un poco de esos amores que matan. Y el pobre Drake lo aguanta. Un ratito. Y luego va a esconderse a algún rincón, no vaya a ser que Maguito se empeñe en cogerlo en brazos. Aunque debo decir que no sale por patas cuando le preguntamos a Maguito por qué no juega un ratito con Drake, si no que aguanta el tipo y juegan juntos… un rato, que cada vez es más largo.

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Eso no quita que Drake disfrute de sus ratos a solas, aunque si es conmigo, mejor, que es muy faldero; y tremendamente agradecido. Y sigue siendo un cachorrote mimosón y gamberro a sus casi nueve añazos. ¿Y vuestros peques como se llevan con las mascotas de la casa?

Sopas de ajo encubiertas

La verdad es que ninguno somos mucho de cuchara, pero de vez en cuando apetece hasta en esta eterna primavera. Aproveché San Valentín para prepararla, más porque coincidió con que Papi Manitas había estado fuera desde el lunes, que por celebrar la festividad en sí. Pero claro, no podía ser la tradicional, porque mis chicos son así, pelín especialitos. En realidad, lo es Papi Manitas, y maguito le calca.

Espero que os guste esta atípica receta, que intenta mantener intacto el espíritu de la original.

Ingredientes:

  •  4 dientes de ajo.
  •  150 gramos de carne picada.
  •  1 litro de caldo Aneto de pollo bajo en sal, nuestro favorito.
  •  1 cucharada de pimentón dulce.
  •  1 cucharadita de curry.
  •  100 gramos de fideos de cabellín.
  •  1 huevo (opcional).
  •  Un par de rodajas de pan duro (opcional).

Preparación:

  •  En una cazuela ponemos a calentar un chorrito de aceite.
  •  Pelamos y cortamos el ajo al gusto. Como personalmente no me gusta comer el ajo en sí, lo que hago es picarlo, aunque lo tradicional es cortarlo en rodajitas.
  •  Sofreímos el ajo.
  •  Cuando esté doradito, añadimos la carne picada. Debería ser jamón serrano en taquitos, pero a maguito no le van nada los alimentos de sabor tan fuerte… por ahora.
  •  Una vez dorada la carne, añadimos las especias y mezclamos bien. Sí, el curry no pinta demasiado en esta receta, pero al igual que con el jamón, a maguito le vamos introduciendo los sabores fuertes poco a poco, y por ahora es fan del curry. Y la verdad es que complementa perfectamente con el pimentón.
  •  Añadimos el caldo.
  •  Mi consejo es no dejar que hierva, en ninguna fase, pero eso a gusto vuestro.
  •  Introducimos los fideos y dejamos que se hagan. Sí, fideos, porque si no lleva fideos, no es una sopa para Papi Manitas. Y es la parte favorita de maguito, que siempre añade él la pasta.
  •  Si añado huevo, lo que hago es batirlo ligeramente y lo voy vertiendo poco a poco sin dejar de remover la sopa, para que quede en hilos. Es por maguito, que no le gusta el huevo… si lo ve.
  •  Aproveché un poco de pan duro, lo partí en trozos pequeños y lo añadí a la sopa unos minutos antes de servirlo.

 

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Lo suyo es servirlo en unas cazuelitas de barro, pero no tengo, así que los boles sirvieron igual. A mis chicos les gusta así, y yo puedo disfrutar de uno de los platos de mi tierra a gusto, aunque siempre me falta el frío.