Sopas de ajo encubiertas

La verdad es que ninguno somos mucho de cuchara, pero de vez en cuando apetece hasta en esta eterna primavera. Aproveché San Valentín para prepararla, más porque coincidió con que Papi Manitas había estado fuera desde el lunes, que por celebrar la festividad en sí. Pero claro, no podía ser la tradicional, porque mis chicos son así, pelín especialitos. En realidad, lo es Papi Manitas, y maguito le calca.

Espero que os guste esta atípica receta, que intenta mantener intacto el espíritu de la original.

Ingredientes:

  •  4 dientes de ajo.
  •  150 gramos de carne picada.
  •  1 litro de caldo Aneto de pollo bajo en sal, nuestro favorito.
  •  1 cucharada de pimentón dulce.
  •  1 cucharadita de curry.
  •  100 gramos de fideos de cabellín.
  •  1 huevo (opcional).
  •  Un par de rodajas de pan duro (opcional).

Preparación:

  •  En una cazuela ponemos a calentar un chorrito de aceite.
  •  Pelamos y cortamos el ajo al gusto. Como personalmente no me gusta comer el ajo en sí, lo que hago es picarlo, aunque lo tradicional es cortarlo en rodajitas.
  •  Sofreímos el ajo.
  •  Cuando esté doradito, añadimos la carne picada. Debería ser jamón serrano en taquitos, pero a maguito no le van nada los alimentos de sabor tan fuerte… por ahora.
  •  Una vez dorada la carne, añadimos las especias y mezclamos bien. Sí, el curry no pinta demasiado en esta receta, pero al igual que con el jamón, a maguito le vamos introduciendo los sabores fuertes poco a poco, y por ahora es fan del curry. Y la verdad es que complementa perfectamente con el pimentón.
  •  Añadimos el caldo.
  •  Mi consejo es no dejar que hierva, en ninguna fase, pero eso a gusto vuestro.
  •  Introducimos los fideos y dejamos que se hagan. Sí, fideos, porque si no lleva fideos, no es una sopa para Papi Manitas. Y es la parte favorita de maguito, que siempre añade él la pasta.
  •  Si añado huevo, lo que hago es batirlo ligeramente y lo voy vertiendo poco a poco sin dejar de remover la sopa, para que quede en hilos. Es por maguito, que no le gusta el huevo… si lo ve.
  •  Aproveché un poco de pan duro, lo partí en trozos pequeños y lo añadí a la sopa unos minutos antes de servirlo.

 

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Lo suyo es servirlo en unas cazuelitas de barro, pero no tengo, así que los boles sirvieron igual. A mis chicos les gusta así, y yo puedo disfrutar de uno de los platos de mi tierra a gusto, aunque siempre me falta el frío.

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Un embarazo mágico

Fue toda una sorpresa quedarnos embarazados de maguito, y la verdad es que puedo decir que fue una de las mejores etapas de mi vida, pero no estuvo exento de sorpresas, de todo tipo. Espero no aburriros demasiado.

Nada más conocer la noticia, lo primero fue dejar la medicación y lo segundo acudir al ginecólogo. Me tocó una doctora jovencita y majísima, pero la pobre era nueva en el hospital y todavía no le había pillado el truco a los aparatos. Luego seguimos con la lista de mis médicos, por lo de mi ligera discapacidad de espalda: el de la unidad del dolor y el neurocirujano. El primero me retiró definitivamente las pastillas y los parches exceptuando el paracetamol por si me doliera mucho y sólo uno al día. Y el segundo me aconsejó que me mantuviera tranquila y relajada, pero a cualquier síntoma extraño que acudiera a su consulta.

Lo único remarcable del primer trimestre fue un ligero sangrado por el que acudimos a urgencias de forma inmediata. Fue una falsa alarma, pero gracias a eso, el médico que nos atendió dató bien las semanas que tenía el que sería maguito y le puso una recomendación a nuestra ginecóloga, que confirmó el tiempo del canijín. Y pasó el primer trimestre. Maguito crecía estupendamente, yo estaba estupendamente y mi espalda aguantaba estupendamente.

Llegamos a la primera curva, la corta, pero si ya para empezar a ser maguito demostró que le gustaba vacilar, con las curvas no iba a ser menos. Todas y cada una de las curvas estaban bien con una ligera duda, así que todas y cada una de las curvas me las tuve que repetir haciendo la larga para asegurarnos de que estaba bien, que lo estaba. Odio la glucosa que hay que beberse, aún no sé cómo no la vomité, porque es recordarla y darme escalofríos.

En el segundo trimestre comenzaron los “problemas”. La lesión que tengo es justo en las lumbares y me afecta a la pierna derecha, por lo que ya no conduzco ni mucho ni muy a menudo. Para que os hagáis una idea, la última vez que saqué el coche del garaje, que es en cuesta, acabé echándoselo encima a Papi Manitas y gracias que cedió la cerradura. Así que ya os imaginaréis que el dolor iba en aumento, y las cosas que podía hacer en disminución. Tuve que empezar a controlar mis nervios, porque soy del tipo de persona que no puede estar sin hacer algo, por muy tonto que sea, y empezar a ignorar las pelusas del pasillo que me saludaban. Justamente, el año anterior me habían insertado un implante en la columna, una especie de esponjita para evitar que las vertebras se rozaran, y Papi Manitas se reía diciendo que maguito iba a salir con ella de la mano cuando me dolía mucho.

Esa fue la parte más divertida y llevadera. La parte no tan divertida fue el día cuando me levanté llena de manchitas rojas por todo el cuerpo que picaban una barbaridad. Por supuesto, fuimos a urgencias enseguida y el temor fue que fuera varicela, así que para asegurarse, a pesar de que tengo puesta todas las vacunas y los recordatorios, me mandaron a urgencias del materno (dado que pertenecemos a la privada) con un informe extenso y una petición de análisis súper urgente. Fuimos al materno. Tuve que entrar sola, porque no dejaron pasar a Papi Manitas. Suerte que mantengo la calma en cualquier situación y que no soy fácil de alterar. Después de una media hora sola, al ginecólogo que me atendió sólo le faltó meterme en una campana de aislamiento. Me sacó la sangre para los análisis, pero me dejó sola, completamente sola en el despacho dos horas. Sin haber almorzado. Sin comer. Le pregunté a una enfermera si Papi Manitas podía pasar, y me dijo que era imposible, sin acercarse, porque ya se había corrido la voz de mi supuesta enfermedad. Pasó otra hora más, para entonces ya me sabía casi de memoria los posters de la consulta, lo que había en los armarios y había visto a una pobre chica que dejaron en el pasillo en una silla de ruedas, sola, que por poco no tuvo al bebé allí mismo. Entró una enfermera muy amable, que después de decirle a las compañeras, que se quedaron en el pasillo, que no se preocuparan por ella porque ya había pasado la varicela, se puso a hablar conmigo, me dijo que no me preocupara y estuvimos hablando de como iba el embarazo y de las cositas que ya habíamos ido comprando para prepararnos. Luego volvió el médico, me dio un número de teléfono donde me aseguró que me darían los resultados en tres días y me aconsejó encarecidamente que no saliera de casa. En un mes. Recogimos el informe a la salida, tras esperar otro buen rato, y nos volvimos a casa.

Cuando llamé al número que me había dado el médico, resultó que era el del paritorio, y allí, obviamente, no podían decirme nada ni hacer nada. Llamé a otro número, donde me dieron otro, al que llamé y donde me dieron otro, donde llamé y me pasaron a otro departamento. Donde me colgaron nada más decir buenos días. Así que empecé otra vez y tras llamar a unos 20 números diferentes, sin exagerar, hablar con una serie de señoras que parecía que les faltaba el café a unas, a otras que tenían limón en la sangre y otras pocas que eran directamente maleducadas; conseguí que me pasaran con el laboratorio correcto. Para entonces ya estaba algo alterada, harta y dispuesta a comerme a quien sea. Y di con la peor. Básicamente empezó diciéndome que no podía llamar allí, que no podía hacer nada y que tenía que ir a mi médico de cabecera. Intenté mantener la calma, le expliqué la situación, y me repitió lo mismo, añadiendo que no la hiciera perder el tiempo. Se lo pedí por favor, incluso la supliqué llorando, yo, que no lloro nunca. Como quien oye llover, y me colgó. Me descontrolé y me dio un ataque de ansiedad del quince. Llamé a Papi Manitas, pero no me lo cogió. Llamé a emergencias de nuestro seguro y les expliqué lo que me pasaba como pude. La doctora que me atendió fue un verdadero encanto, me tranquilizó algo y me mandó una ambulancia. Papi Manitas me llamó y vino enseguida a casa, a tiempo para seguir a la ambulancia. Cuando llegamos al hospital estaba más o menos tranquila, pero me inyectaron algo para acabar de serenarme y ellos mismos me adelantaron la revisión de los seis meses. Pasamos por la seguridad social y resultó que es que los análisis se habían perdido.

En la revisión, aparte de asegurarnos que todo estaba perfecto y de cuál era el sexo de maguito, me preguntaron por los análisis y después de explicar lo que había pasado, el médico que me hacia esas revisiones extraordinarias fue a hablar con el jefe de planta y a los diez minutos volvió con una carta del jefe de obstetricia de nuestro hospital para que la lleváramos a la seguridad social. Después de pasar por varias revisiones absurdas, pero obligatorias por la seguridad social, tenía que hacerme la ecografía de los seis meses con ellos, y les llevé la carta. Después de todo el jaleo, los análisis aparecieron en tres minutos. Tres minutos. Y me hicieron un daño horrible, que según ellos era necesario, en la barriga para ver al bebé; algo que nunca me había pasado. Y resultó que no tenía varicela, que era un simple herpes que se fue en semana y media con simple talquistina. Así que, personalmente, no puedo hablar bien del materno de Las Palmas de Gran Canaria.

Por suerte, el tercer y último trimestre fue mucho más tranquilo, exceptuando que también se me iba la pierna izquierda.

IMG_0891 Agradecí mucho, muchísimo, que nuestro pasillo sea estrecho, porque muchos días sólo podía llegar al baño y al salón apoyandome en las paredes con los brazos. Así que ya os imaginaréis que no salía mucho sola de casa, ni que caminaba tampoco demasiado.

En vista de lo que pasaba, fuimos al neurocirujano, que nos dio la opción de  hacerme una resonancia para ver hasta que punto me estaba afectando el embarazo, pero su consejo, y siempre he confiado plenamente en él, fue que si no lo veía absolutamente necesario y podía aguantar lo poco que quedaba, era que esperásemos hasta después del nacimiento. Y seguí su consejo. Además, maguito fue bueno, y en vez de patearme la espalda, me pateaba las costillas.

La verdad es que no fue un mal embarazo. No fue de riesgo, no tuve que estar en la cama, y maguito se desarrolló perfectamente en cada etapa, hasta decidía qué le gustaba que comiera, cuándo y de qué lado tenía que dormir, que fue mi lado malo, por supuesto. De hecho, la foto de la cabecera me la hizo Papi Manitas después de la última revisión y una semana antes de que maguito hiciera su gran aparición, pero eso lo contaré otro día.

Siento haberme extendido tantísimo, os doy las gracias por leerme y me gustaría saber cómo pasasteis el embarazo de vuestros peques, si fue bien, si os dieron la vara o si tuvisteis algún problema.

 

Frustración

Lo primero, y es algo que digo muchas veces y más que repetiré, es que no somos expertos en nada, simplemente vamos probando diferentes cosas que por una u otra razón dan resultados. Y las comparto, por si diera la casualidad de que a alguien le sirvieran.

Maguito, como todos los peques, se frustra al intentar hacer cosas que o no puede o no consigue. Es algo que le pasa desde que nació y que hemos tenido que ir trabajando con él porque su forma de resolverlo era con violencia hacia nosotros.

Antes del año, era todo golpes y tirones de pelo. Hasta conseguía tirarle del pelo a Papi Manitas y eso que se lo corta al 1. Lo primero era hablarle, cogerle las manitas, explicarle que lo que hacía nos dolía. Pero o bien o nos entendía (seguramente) o bien pasaba de nosotros. Así que hubo que darle un par de tironcitos suaves del pelo, para que entendiera lo que era el dolor y seguir hablando con él para que se tranquilizara. Y se creó un mantra para estas situaciones de una frase afortunada: si no puedes, vuelve a intentarlo, o pasa a otra cosa y cuando te relajes verás que lo conseguirás. Y funcionó.

El tono de maguito se fue relajando y al cumplir el año casi ni nos pegaba. Nosotros siempre diciéndole que lo volviera a intentar, que seguro que lo conseguiría; pero todo evoluciona y su forma de llevar la frustración también. Maguito comenzó a tirarse de los pelos y arañarse la cara. En ese momento, la verdad es que prefería que me pegara a mí, pero como no se puede permitir ni una cosa ni otra, volvimos a agarrarle de las manos para impedir que se hiciera daño, tranquilizarle con un abrazo y el consabido mantra. Y volvió a funcionar.

Más o menos al año y medio, a maguito ni se le ocurría levantarnos la mano cuando se frustraba, en cambio, empezó a tirar los juguetes con todas sus ganas y a apuntarnos con el dedo índice y echarnos la bronca. Para lo primero: él mismo vio que lanzando los juguetes con todas sus ganas, se rompían y se quedaba sin ellos;  así puede decirse que maguito le puso la solución sólo. A lo segundo… Aún estamos en ello, aunque es una tendencia que va a menos, porque nunca nos hemos reído (y eso que tiene un montón de gracia) y porque poco a poco le vamos metiendo en la cabeza la idea de que él no es quien para mandar a los adultos, por muy maguito que sea. Aunque sí le apoyamos cuando protesta porque un adulto ha hecho algo que él sabe que no debe hacerse, o le hacen (o intentar hacer) algo que no le gusta.

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Para su segundo cumpleaños estábamos preparados. En una de las entradas de Refuerdo Divertido vi estás maravillosas piezas magnéticas (son más, pero maguito las tiene ocultas por toda la casa) con todas sus posibilidades y enseguida supe que iban a ser un valioso recurso para que maguito trabajara su frustración y se divirtiera de paso.

Se las regalamos y le encantaron. No hay día que no las tenga en la mano, pero al ser magnéticas, no siempre consigue la forma que pretende hacer, ni encajan como le gusta porque llegan a repelerse. Al principio los gritos y los cabreos eran de órdago, pero con bastante calma por nuestra parte 8y una tremenda paciencia), algo de ayuda y muchos, muchos, muchos intentos, maguito ya no se cabrea. Si no lo consigue tras varios intentos, pasa a otra cosa, y luego lo hace de una vez. Sin enfados, ni gritos, ni piezas volando.

Y llegamos a las terribles pataletas de los dos años. A maguito se le nota ese pequeño descontrol de las emociones. Hasta pone cara de no saber qué le pasa ni como debe sentirse, el pobre. Es una etapa difícil para todos y creo que está más llena de frustración para los padres que para los peques, pero aún así, hay recursos muy útiles que podemos usar para tranquilizarnos todos y para que nuestros maguitos lleguen a entenderse un poco mejor.

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La más importante para nosotros, la conocimos gracias a Dácil por darnos a conocer el trabajo de Yogakids tanto con sus Yoguicards como con este cuento magnífico (del que hablaré en otra entrada porque lo merece) que es mucho más que una simple historia. La abuela se lo regaló a maguito por navidades (a sugerencia nuestra) y desde entonces le acompaña en su día a día.

¿Y por qué nos ha servido tanto como herramienta para la frustración? pues la respuesta está en estas dos páginas:

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No sólo es tremendamente divertido hacer las posturas con maguito, sino que le ayudan a relajarse mucho y a transformar esos pequeños cabreos en risas. De entre todas, su favorita es la de la montaña, que como veis en la imagen de cabecera, domina “perfectamente”. Y no sólo le ha servido para trabajar la frustración, sino que también ha reforzado su autoestima porque le encanta enseñársela a todo el mundo y que aprendan de él. No evitan esos berriches que ni él mismo entiende, pero sí que ayuda sobremanera a sobrellevarlos. Y a introducirlo poquito a poco en el yoga, que nunca sobra.

Así estamos ahora. ¿Y vosotros, cómo trabajáis esa frustración con vuestros peques?

¿Por qué Maguito?

Bueno, después de unos días terribles en los que todos hemos estado griposos y agobiados porque la habitación de maguito parece un campo de batalla con eso de hacerle la cama, por fin puedo volver a la carga tranquilamente.

Hacia tiempo que quería escribir este post, pero entre una y otra cosa, una se lía, y ya sabéis. Así que allá vamos. Antes de nada, y de que me lo preguntéis: sí, soy rolera; sí, soy fan de Harry Potter; sí, soy fan de El Señor de los Anillos y la fantasía en general; pero no, no van por ahí los tiros. Maguito se ganó su apodo por méritos propios.

Vamos a situarnos a finales de 2015. Después de llevar un par de años esperando a ver si nos quedábamos embarazados y que no pasara nada, decidimos por fin empezar a hacernos las pruebas de fertilidad. No suelo ser especialmente quejica, pero la prueba femenina es un verdadero horror. Mi más sincero ánimo y cariño a todas las mujeres que se someten a ella, de verdad. Mi prueba dio normal y le llegó el turno a Papi Manitas. Para entonces ya habíamos cambiado de año, celebrado todas las fiestas y estábamos planeando un viaje para visitar a unos amigos en La Palma. Comenzó a dolerme el pecho, como si fuera a bajarme la regla, pero diferente, y por quitarmelo de encima, me hice un test.

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Sí. Allí estaba. Como un pequeño vacile. Cambiamos el viaje por visita a múltiples médicos y empezamos a prepararnos. Oh, y no, no hizo falta que Papi Manitas recogiera sus pruebas. Teníamos que haberlo imaginado, pero aún no había mote para nuestro milagrito y el tiempo fue pasando.

En el primer trimestre tuvimos un pequeño susto por un sangrado, pero aparte del susto, sólo sirvió para que dataran bien la edad del peque. Se ve que ya empezaba a actuar su magia. El resto del embarazo (si queréis un día os lo cuento) fue más o menos tranquilo y relajado. Quitando que maguito venia con un reloj y un calendario. Nunca he sido de rutinas horarias fijas, pero maguito sí. Aún no había nacido y parecía saber qué día y qué hora era. Sólo diré que él marcaba las horas de las comidas, para que os hagáis una idea.

Por supuesto, él eligió su día de nacimiento. Y otra vez, vacilando un poco: día de fiesta en toda la isla y el único en el que Papi Manitas pedía que no viniera. Y para mí: yo quería un parto natural y tuvo que ser cesárea con anestesia general. (Si queréis, también os lo cuento otro día). Al final todo fue bien y todos estábamos bien.

Y continúo su magia: estábamos preparados para no dormir nada, y maguito era un bebé tan tranquilo, que ni para comer quería despertarse. En ese aspecto, una maravilla. En lo demás… Digamos que nació con carácter (muchísimo) y con prisa. Y no digáis que los bebés no tienen carácter. Puede que a algunos se les note más que a otros, o que solo se les note un rasgo, pero lo tienen, y según crecen lo siguen desarrollando y puliendo.

Con mes y medio se me cayó del sofá porque decidió darse la vuelta. Casi me dio un infarto, pero no se hizo ni un rasguño. De hecho, cuando se lo conté al pediatra, lo examinó y me preguntó que si de verdad se había caído. Con tres meses ya intentaba ponerse de pie y al balancín hubo que ponerle la pata porque se lo tiraba encima. Y no creáis que lloraba, que le hacia mucha gracia. Ya le llamábamos maguito, especialmente por la forma tan fija en que miraba a la gente, estudiándolos; que hasta algunas señoras nos dijeron que les iba a echar mal de ojo…

Empezó a caminar con nueve meses, pero pasando de gatear. Y todo por coger a Drake. Al pobre minino se le acabó la paz y le empezaron escasear los sitios para dormir tranquilo. Como todo buen mago, necesitaba un familiar, ¿no? Oh, y quitando algunas babas, ni nos enteramos de los dientes. Antes de cumplir el año ya los tenía todos y sabía usarlos, sí.

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Y mandó unos cuantos chupetes a algún plano donde espero que sean felices. Eso, eso, reíros, pero dos años más tarde siguen sin aparecer. Le hemos dado la vuelta a la casa y nada. Así que si vais a otro plano y encontráis unos chupetes, ya sabéis de quien son.

Tampoco hemos tenido que enseñarle a comer sólo. Un día, después de estudiar la técnica, decidió que la cuchara era suya y hasta la fecha. Y con el tenedor lo mismo, la primera vez ya parecía que lo había usado siempre.

Eso sí, hemos tenido que trabajar con él desde el año su frustración porque algo no le salía y nos pegaba fuerte. Seguimos en ello, a pesar de que ahora solo suelta un grito y si acaso nos suelta una perorata con su dedo acusador en ristre.

Con él tratamos de ver algunos documentales y los suyos son… ¿lo adivináis? Pues sí, los del espacio. Le encantan las estrellas. A pesar de su dos añitos, le regalamos un proyector y lo adora. Se lo tiene que enseñar a todo el mundo que viene a casa, la maneja sin problemas y lo tiene súper cuidado. Y ya se acuerda mejor que nosotros de lo que es cada cosa. Que no, que no es orgullo de madre, que es la pura verdad.

La última sorpresa me la dio un día que estaba jugando con una tablet de letras y animales que le regaló su tío y fijándome en lo que estaba haciendo me di cuenta de que reconocía algunas letras. Dos, en concreto, pero las reconocía. Gracias a eso ahora me pregunta por las letras de sus libros. Y parece que las estudia más que a los dibujos.

Ya veremos qué nos deparará el futuro, pero creo que siempre será nuestro maguito y que seguirá sorprendiéndonos.

Y vuestros peques, ¿qué tipo de magia poseen?

El Belén de arena

Visitando o viviendo en Las Palmas de Gran Canaria en Navidades, hay una visita obligada, y es el estupendo Belén de arena que monta todos los años el ayuntamiento. Seguro que lo habéis visto en el Blog de una Madre Desesperada de la gran Dácil, y si no lo habéis visto ¿a qué esperáis? Pero me gustaría contaros como fue nuestra experiencia.

Como ya he dicho, es visita obligada, y aunque hacía un par de años que no íbamos a verlo porque coincidió con que maguito estaba malo, este año no nos lo podíamos perder. Primero, porque queríamos que maguito disfrutara con la experiencia y segundo, porque mi suegra también quería visitarlo y no había tenido la oportunidad. Así que una tarde, nos encanta esa hora para ver el atardecer en Las Canteras, nos fuimos los cuatro para allá, a ver cómo era este año, porque cada vez es distinto. img_0095

Nos sorprendió un poco lo pequeño que era, pero eso no impidió que lo disfrutáramos como pequeñajos en su primera Navidad. Más que nada porque es casi imposible no dejarse llevar por el entusiasmo y la sorpresa de maguito por casi cada nueva cosa que descubre. Y más si la compartimos en familia. 

Puede que el Belén fuera pequeño, pero su nivel de detalle era absolutamente impresionante. Y para facilitar las cosas había carteles explicativos de cada escena.

Daban ganas de volverse pequeñita y recorrer desde dentro esos paisajes mágicos, más aún resaltados por la caída del sol y los recurrentes “¡Haaalaaa!” de maguito con su manita en la boca y sus ojitos abiertos como platos.

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Pero había un detalle que no nos podíamos perder y que seguro que no os costará descubrir. Me llamó mucho la atención, porque no es nada común, y enseguida me enamoró. ¿Lo veis?

¡Justo! El que sujeta el bebé es José, mientras María duerme agotada. Tal como pasaría en una familia normal. Y es un precioso tributo a todo tipo de familia, pues da igual quién sea el que haya engendrado a la criatura, que el verdadero padre o madre será siempre aquel que lo cría.

La verdad es que era tan sumamente detallado, tan tremendamente realista que parecía que las figuras fueran a cobrar vida en cualquier momento. Daba gusta contemplarlas y puedo deciros sinceramente que era muy difícil no empaparse de espíritu navideño admirándolo.

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Este año también incluyeron una hermosa frase con la que seguro que cualquiera de nosotros estará totalmente de acuerdo. Y a pesar de mis deficiencias como fotógrafa, no pude elegir un momento mejor para hacer la foto, con el sol poniente por detrás. Así resulta más especial. A mi suegra la gustó tanto que luego le hice una foto a ella con maguito en el mismo sitio para que tuviera un hermoso recuerdo. 

Poco más os puedo contar de este maravilloso y poco convencional Belén que no os haya dicho ya o que no se vea en las fotos, excepto que como otros años tenían un taller de modelado para los más pequeños, aceptaban donaciones, vendían recuerdos de todo tipo y que también tenían un vídeo explicativo de cómo se había ido haciendo el Belén. Así nos enteramos que este año los encargados fueron famosos modelistas internacionales. 

Llegados a ese punto, me hubiera gustado ver el vídeo, para aprender algo más que nada, pero maguito había descubierto el parque que hay en la misma playa, sí, en la arena, y ya no hubo forma de hacer otra cosa más que ir para allá, porque ¿quién se resiste a la mezcla de columpios y arena?

Sólo me queda animaros a que lo visitéis si alguna Navidad tenéis la oportunidad.

Rissotto di Mare

Parece que Madresfera y Aneto se han puesto de acuerdo para que me anime a escribir un post culinario, y confieso que llevaba tiempo pensándolo. Así que aprovecho y, adelante.

Cuando uno piensa en caldo, lo primero que se le suele ocurrir es alguna sopa. Pero entre que no somos mucho de cuchara y que vivimos en el eterna primavera, lo primero que se me ocurre es risotto. Me encanta. Es un plato sencillo, rico y que siempre triunfa.

Debo confesar que hacia mucho tiempo que no lo preparaba, básicamente porque cada vez que le hacía el puré a maguito, aprovechaba el caldito sobrante para hacer risotto de cualquier tipo. Y lo tenía que preparar el puré sí o sí, porque maguito es de comida casera. Alguna vez le intentamos dar potitos, incluso de farmacia, y él que no, que para nosotros, pero que él no se comía eso. Pero desde que se hartó y decidió que el puré tampoco le iba, no había vuelto a hacer risotto. Hasta ahora.

Y ha sido genial, porque así he aprovechado para enseñarle algo más a maguito. Seguro que más de una o de uno pensáis que es demasiado pequeño para ayudarme en la cocina, y para algunas cosas lo sigue siendo, pero para otras ya ha cogido su ritmo y no sólo quiere ayudar, si no que lo exige. Siempre quiere hacer más, pero lo que le voy dejando hacer es remover las mezclas, amasar pequeños trozos y añadir la pasta o el arroz al agua. Y es un gran ayudante, la verdad.

Pero a lo que vamos:

Ingredientes:

  • 1 litro de caldo de pollo bajo en sal Aneto.
  •  300 gramos de arroz.
  • 300 gramos de mejillones o almejas.
  •  150 gramos de gambas.
  •  125 gramos de queso parmesano rallado.
  •  90 gramos de mantequilla.
  •  1 cebolla mediana.

Preparación:

  •  Calentamos el caldo, pero sin que llegue a hervir.
  •  Limpiamos el marisco.
  •  Pelamos y picamos la cebolla en trozos pequeños.
  •  En una sartén, ponemos un chorro de aceite de oliva y calentamos a fuego medio.
  •  Añadir la cebolla con un poquito de sal.
  •  Cuando empiece a dorarse, añadimos el marisco con otro poquito de sal.
  •  Una vez que la cebolla y el marisco estén blanditos, añadimos el arroz.

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  •  Dejamos cocer unos minutos, sin dejar de remover.
  •  Vamos agregando el caldo poco a poco, un par de cazos cada vez.
  •  Debe consumirse a fuego lento, removiendo siempre.
  •  Añadir el caldo hasta que no quede.
  •  Apartar del fuego.
  •  Mezclamos la mantequilla y el queso.
  •  Servimos y disfrutamos.

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Espero que os guste la receta y que la disfrutéis, por lo menos igual que nosotros.

La habitación de maguito

Es la más guay de la casa. Así. Sin más. Lo segundo, es que ha ido cambiando desde que empezamos a arreglarla, y parece que es un proyecto sin fin porque va creciendo con él.

Ahora mismo estamos acabando, bueno, Papi Manitas le está acabando varios proyectos de esos geniales para que sea aún más entretenida. Papi Manitas es el que hace todo el trabajo; si acaso yo le ayudo, doy mi opinión y alguna idea que otra. Por ejemplo, lo de hacerle una pizarra lo tenía pensado desde el embarazo.

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¿Hay algo mejor para incentivar la creatividad que tener un espacio propio para dibujar? La primera idea fue la del rodillo de papel, pero no nos gustaba la estética, así que lo arreglamos con un bote pequeño de pintura de pizarra, unas maderas que teníamos por ahí y un día de paciencia porque se necesita darle dos capas a la pared para que quede bien. Eso, y tomar bien las medidas, claro.

Aún queda por pintar las puertas de los muebles, cada una de un color. Y ya veremos cuando vaya creciendo. Las paredes también son de colores: el techo y la parte de abajo de los muebles en azul; y las paredes en verde y crema. No nos decidimos por un motivo para el cuarto, así que pintamos un montón de animalitos, un gatobus gigante, duendes del polvo (susuwataris) y algunos dibujos originales de la gran Laurielle Maven, que me dio permiso para copiarlos, claro. En el techo nos faltan también las nubecillas blancas, aunque la lámpara – ventilador con aspas de colores fue una de las primeras cosas que se instalaron.

Mientras Papi Manitas hacia los muebles y el armario, aproveché de ir dibujando y retocando, que trabajar con maderas grandes significa que las paredes se llevarán algún roce que otro.

Y para mantener los juguetes en orden, ¿qué mejor que un arcón de madera? Tenía que ser grande, bonito, barato… así que optamos por un arcón de plástico de 1’20 metros y unas láminas de parqué. Y bueno, creo que el resultado habla por sí sólo. Le faltan el asa y los adornos de cobre, pero aún no los hemos encontrado, así que ya caerán.

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Nos sobraron unos listones de parqué, y como ya teníamos el espejo para la puerta del armario, pues Papi Manitas se inventó un precioso marco. No os fijéis mucho en la pintura de debajo, que no es la definitiva. Son unas pruebas que hicimos con spray y que no fueron del todo satisfactorias, pero como iba el espejo, pues sin problema.

Como veis, nos las apañamos como sabemos, y si no, pues nos lo vamos inventando sobre la marcha para que todo quede lo mejor posible, aunque no sea tal como nos lo habíamos imaginado al principio.

¿Y en qué estamos ahora? Pues ahora le toca el turno a la cama de maguito. Puro diseño propio de Papi Manitas basado en vídeos de muebles de esos que aprovechan lo mejor posible el espacio disponible.

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De momento sólo está hecha la estructura, que la madera la recogimos esta misma mañana. No sé si os lo podéis imaginar, pero será abatible, con estanterías en el interior y un sofá para cuando esté recogida. Esperemos que quede bien, ¡por lo menos!

Así que ya veis, cualquier cosa que imaginéis es realizable con un poquito de esfuerzo e imaginación. Y no os vayáis a creer que tenemos muchos conocimientos de bricolaje. Es cierto que a Papi Manitas le gusta hacer cosillas y es habilidoso, pero sobre todo tiene voluntad, paciencia y la imaginación si eso ya la pongo yo.